La máquina preservadora. Ópera de cámara en un acto de
Gabriel González Meléndez basada en el cuento homónimo de
Phillip K. Dick, con guión y adaptación del compositor. (60’.
ca.)
Personajes: Mino, prólogo, narrador, espectador y visitante del
laboratorio donde trabaja el Dr. Laber, barítono; Dr. Laber, inventor de la
Máquina Preservadora, bajo.
No estrenada.
Argumento: A telón
cerrado. Una mano asoma entre las cortinas y le abre el paso a un prólogo
enmascarado que canta: “¿Se puede, se puede? Señoras, señores...” Agregando un
nivel extra a La Comedia dell’Arte, La Máquina Preservadora abre con una cita
literal a la obra de Leoncavallo, exponiendo la primera de muchas citas
musicales que habrán de aparecer. Sobre un substrato armónico nuevo La Máquina
teje el drama de la historia usando pasajes unas veces sutiles, otras explícitos
de obras como Don Giovanni, Bohemia, Luisa Miller, Pescadores de Perlas, con
voces prestadas de Lucías, Vanessas, Trovadores, de obras sinfónicas como la de
Bartók o Sibelius, o de la obra pianística de Rachmaninoff, Chopin o Prokofiev.
El Dr. Laber aparece tras el telón corrigiendo el mal funcionamiento de un
artefacto de invención propia, un armatoste de bulbos y relevadores de aguja que
sirve para corregir un defecto que Laber ha detectado en las partituras
musicales. La máquina convierte a las obras en papel en animales dándoles así un
sentido de supervivencia. Con arias del repertorio tradicional, la máquina le da
vida a un bestiario completo. Un animal por obra, una criatura que canta el aria
que le dio vida, unas animadas y alegras, otras lúgubres y amenazadores. El
doctor le muestra a Mino su funcionamiento creando un personaje, el pájaro
Mozart, encarnación mágica del Aria de la reina de la noche quien con el sonido
de la flauta se va cantando su viaje al bosque. El doctor, le dice a Mino que de
ser él partitura, la suya sería una ópera. Laber le hace saber acerca del estado
de algunos de los animales que ha creado y liberado en el bosque y acepta estar
preocupado. Para ilustrarle la naturaleza de su preocupación, le muestra una de
las creaciones de su invento: el cuarteto Rigoletto. Cuatro pequeños animales
cantan el concertante que les dio origen con una forma distinta corrupta. Laber
revierte el sentido de la máquina y la alimenta ahora con los animales. Del otro
lado surgen hojas de una partitura que él dice que ahora es muy lejana a la
original. Preocupado, Laber lleva a Mino al bosque en busca de algunos de los
animales. Laber lamenta haber sido el instrumento que trajo a los animales a un
mundo donde el ataque es recurso más socorrido para la supervivencia. Es de
noche. La oscuridad y la música confunden todos los sonidos. El canto alterado
del pájaro Mozart se deja escuchar a lo lejos. En el camino encuentran el
cadáver de un cordero que alguna vez fue el aria de una obra de Bizet. El doctor
cae en una aterradora cuenta: la intención de Dios al darle vida al hombre había
sido tan buena como la suya, su error había consistido en habernos puesto
juntos. Los animales parecen haber concluido lo mismo y empiezan a brotar de
entre la maleza. Laber y Mino corren con miedo de regreso al laboratorio. Los
animales van detrás. Los animales cercan a Laber y lo obligan a entrar a la
máquina que todavía conserva su curso en reversa. La máquina empieza a
funcionar. De la máquina emerge un libro. Mino se acerca con horror. Toma la
obra y lee el título. La máquina preservadora, dice, y lo abre para leer sus
primeras líneas. La orquesta toca los primeros acordes de la ópera antes de
abrir el telón: Mino canta leyendo de la partitura: ¿Se puede, se puede?
Señoras, señores... Mino arroja la partitura al suelo como si ésta le quemara y
canta todavía lleno de pasmo antes de terminar: “La comedia es infinita”.
Fuente: "Diccionario de la Ópera Mexicana" del Maestro
José Octavio Sosa Manterola.
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