Madre Juana. Ópera en dos actos y ocho cuadros de
Federico Ibarra con libreto en español de José Ramón Enríquez,
basado en hechos en torno a Armand Jean du Plessis Richelieu (1585-1642), en el
siglo XIV. (1’05. ca.)
Personajes:
Madre Juana, mezzosoprano;
Grandier, barítono; Richelieu, tenor; Surin, barítono; Novicio, tenor; Hermana
preposita, soprano; Exorcistas e Inquisidores, tenor y bajo; Tres monjas,
soprano.
Coro mixto.
Dotación: flauta, oboe, clarinete, saxofón
tenor, corno, trompeta, trombón, 2 percusiones, arpa, cuerdas
(2/1/1/1/).
Edición: Ediciones Mexicanas de
Música.
Estreno: México, Teatro Juan Ruiz de Alarcón, 13 de
diciembre de 1993. Intérpretes: Grace Echauri (Madre Juana) Ricardo Santín
(Grandier), Alfredo Mendoza (Richelieu), Rufino Montero (Surin), Mauricio
Esquivel (Un novicio), Lorena Barranco (Hermana preposita), dirigidos por Arturo
Valenzuela, puesta en escena de Miguel Flores y escenografía de José de
Santiago. Coro y Orquesta de la Escuela Nacional de Música.
Grabación: Escuela Nacional de Música. Grace Echauri, Alfredo
Mendoza, Rufino Montero, Ricardo Santín, Lorena Barranco y Mauricio Esquivel.
Coro y Orquesta de la Escuela Nacional de Música, Arturo Valenzuela,
director.
Argumento: Acto primero, cuadro primero. Madre Juana y
sus monjas escuchan otra voz. Al inicio del cuadro Madre Juana se confiesa en
latín mientras sus monjas narran los intentos que han hecho por llegar a Dios.
La priora revela un motivo íntimo para dicha búsqueda al decir: “Tratamos de
alejarnos de la tortura de un cuerpo como el mío, absurdo y contrahecho...”. Con
esto se refiere la Madre al defecto físico que posee: una joroba. Sin embargo,
las experiencias místicas han sido frustradas por los demonios del aire, que se
han interpuesto entre ellas y Dios. Madre Juana menciona a Grandier, un párroco,
como el salvador que les estaba destinado, pero que se negó a ir en su auxilio.
Las monjas aceptan que han perdido la partida espiritual, a lo que la priora
contesta que es Dios mismo quien las está probando y las visita en forma de
demonios. Madre Juana confiesa que amó a Grandier y en una actitud en que se
adivina el despecho lo acusa de hechicero, de haber profanado su convento y de
haberlas embrujado. El cuadro acaba con el clamor de todas pidiendo que Grandier
arda en la hoguera, junto con “...ese Dios incapaz de escucharnos”.
Cuadro
segundo. Los primeros exorcismos. En este cuadro, de gran conjunto, llegan el
cardenal Richelieu y los exorcistas a Loudun. Las monjas posesas son acorraladas
por estos últimos, quienes ordenan al demonio, en nombre de Dios, que salga de
esas almas buenas. Ellas contestan con frases lujuriosas y luego hablan en
latín. Aparece Richelieu y declara, también en latín, que el hablar en una
lengua desconocida es signo de posesión diabólica. Al oírlo, Madre Juana se
incorpora como un resorte, mientras las monjas relinchan, graznan y aúllan.
Después continúa el interrogatorio de los exorcistas, quienes han aprehendido a
tres monjas y las golpean. Dos de ellas responden que ha sido Grandier quien las
ha seducido, mientras la tercera declara que siempre arrancó de sí misma los
productos de esas relaciones. Interviene de nuevo Richelieu, quien da una
segunda sentencia: la expulsión violenta de fetos inmaduros, en diversas formas,
es señal también de posesión demoníaca. A continuación la priora, en un monólogo
lleno de imágenes terroríficas, expresa el miedo que siente. Richelieu revela
que gracias a los oficios de la Madre nacerá el Rey Sol. Después, le cruza el
rostro con un fuete. Ella trata de huir sin lograrlo y confiesa finalmente que
fue poseída por un ramo de rosas que le envío el hechicero Grandier. Richelieu
dispone que se le practique a la priora un enema de agua y rosas benditas para
limpiarla del demonio. Ella horrorizada, trata de nuevo de huir y suplica que no
la humillen en público; grita que todo ha sido mentira, que ni siquiera realiza
la lavativa, las monjas en estado de histeria gritan los nombres de los tres
demonios: Asmódelo, Belial y Baalfagor. Tras el enema, Madre Juana queda sola y
trata de incorpo cuadro termina con sus gritos, llenos de ira e impotencia, que
claman su dolor y que no sabe ya a quien dirigir.
Cuadro tercero. Grandier
desde el tormento, la exorciza. Al inicio de este cuadro de carácter íntimo,
Madre Juana dialoga con la hermana prepósita acerca de las torturas a que es
sometido Grandier por la acusación de hechicehermana describe los tormentos, a
lo que la priora contesta “miserere mei”. Aparece la imagen de Grandier mientras
la hermana se borra. El párroco declara que es víctima de Madre Juana. Ella le
contesta con nuevas acusaciones. El insiste en su inocencia diciendo: “Si nunca
me habías visto...”. Por fin, la priora relata cómo Grandier se le apareció en
sueños y cómo se enamoró de él. El le responde que lo ignoraba todo y le suplica
que si en verdad alguna vez lo amó, diga la verdad e interrumpa su tormento
insoportable. Ella se endurece y vuelve a pedir la hoguera para él, quien no
logra convencerla de que tan sólo es un hombre. Madre Juana vuelve a entrar al
estado de ensoñación y declara que odio a Grandier porque la rechazó; pero ahora
Satán los desposa, y muerto, él será más suyo que en ese sueño. El párroco de
exorcizarla y termina diciendo: “Hay tiempo todavía... todavía...” Desaparece él
y reaparece la hermana prepósita. Parece reanudarse el diálogo inicial, pero
Madre Juana, en forma enigmática, sonríe, luego ríe con fuerza y termina
bendiciendo a Grandier.
Cuadro cuarto. Pasión y muerte de Urbano Grandier.
Este es también un cuadro de gran conjunto cuyo eje principal de acción será el
sacrificio de Grandier. Madre Juana se encuentra sola al principio. Luego se ve
entrar a Grandier atado a un tronco pues ya no puede tenerse en pie. Por el lado
contrario entra Richelieu y su corte. El pueblo sigue a ambos cortejos. La
priora expresa su incapacidad para discernir cuándo los espíritus son enviados
de Dios o del demonio. Richelieu le contesta que tanto la Iglesia como el Estado
saben siempre, muy bien, qué hacer en cada ocasión. Grandier le advierte a la
priora del peligro de escuchar a Richelieu. Este último lo manda atar a la
hoguera. Madre Juana le pide confesión a Richelieu y le dice que el párroco es
inocente, que ella lo deseó antes de conocerlo. Richelieu la absuelve pero le
dice que en verdad es culpable Grandier y ordena que comiencen los ritos. Los
inquisidores hacen sus peticiones, a las que se unen todos. Grandier, en el
colmo de su pasión, declara que ya puede asumir “el Gólgota y el miedo”. La
hoguera es prendida y alguien da un hachón a Madre Juana, quien permanece
aparte, debatiéndose. Richelieu dirige mientras una letanía a la que todos
contestan: “ora pronobis”. Después hace una petición para que el Señor les
conceda un príncipe heredero. El pueblo por su parte hace peticiones entre las
que está: “dar y conservar el fruto de la tierra”. Grandier grita. Madre Juana
aterrorizada se lanza sobre él y lo golpea con su hachón mientras expira. Ella
cae. Richelieu la incorpora, la besa y le dice que sanará y que será
santa.
Acto segundo, cuadro quinto. El padre Surin llega a Loudun. Este
cuadro se desarrolla en dos niveles: al fondo, la colina, por donde se aproximan
Surin y los aldeanos; en proscenio, el convento, en donde está Madre Juana con
Richelieu y un grupo de monjas que danzan frenéticas en torno suyo. La priora
presiente la llegada del padre Surin y su victoria sobre él. Los aldeanos, a lo
lejos, comentan la horrible impresión que les causan las posesas, mientras Surin
hace una plegaria. A lo largo del cuadro se intercalan las escenas en que Madre
Juana canta su futuro triunfo sobre Surin, con aquéllas en las que este último
expresa su angustia de enfrentarse a la priora. Los coros, tanto de monjas como
el de los aldeanos, comentan, respectivamente, lo sucedido en los niveles
escénicos. Richelieu le dice a Madre Juana, a pesar de su actitud victoriosa,
reconoce que sólo le teme al fantasma de Grandier, que llega cada noche a
increparle: “Hay tiempo todavía, todavía...” A continuación, vaticina la priora
que el pueblo bendecirá el yugo que nacerá de ella. Se refiere a Luis XVI.
(Según la leyenda, la reina no podía concebir y gracias a una prenda santa Madre
Juana pudo hacerlo).
Cuadro sexto. Sale de madre Juana la corte de demonios.
Este cuadro que en su totalidad es un diálogo entre Madre Juana y Surin se
desarrolla en un ático del convento, entre santos antiguos desconchados. La
visita de Surin tiene por objeto exorcizar a la priora. Esta, a través del
diálogo, muestra una doble personalidad, a veces seductora como en la danza
sensual que baila en torno a él, y a veces de un total sometimiento y humildad.
Surin ordena repetidamente que salgan los demonios de ella, sin embargo, sabe
que Dios lo puede abandonar y le ofrece su propia humillación con tal que la
Madrea sea salva. El párroco se ofrece para que lo ocupen los demonios y éstos,
saliendo del centro de la frente de la priora se posesionan de Surin. Ahora el
deseo estalla en él, siente que ama a Madre Juana y la quiere abrazar. Ella lo
repudia, le llama sacerdote maldito y lo compara a Grandier. Grita de felicidad
que ya ha sanado y bendice a Dios. Se precipita fuera del escenario para dar la
noticia a sus hermanas mas la voz de Surin que se debate la detiene: “y para mí,
mi Dios, ¿qué habrá después de ti...?” Ella, displicente, contesta: “Apiádate de
él, Señor, que es un poseso”.
Cuadro séptimo. Surin recibe al fantasma de
Grandier. Este cuadro se desarrolla entre Surin, un novicio y el fantasma de
Grandier que aparecerá más tarde. Surin es incapaz de desabrocharse la sotana
aunque se asfixia. Emplea en ello todo el tiempo que dura el cuadro. El novicio,
armado con un látigo, describe la condición mental lastimosa del párroco. Surin
pide que lo vuelva a habitar el amor. El novicio se acerca diciendo que su
látigo ahuyentará a los demonios y lo purificará. Antes de dar el primer golpe
se congela y aparece el fantasma de Grandier. Se inicia un diálogo en el que
Grandier trata de convencer a Surin de que Dios no ha sido el que le ha enviado
ese castigo, sino el Señor de los Aires, que sigue habitando en Madre Juana.
Surin se revela contra eso y dice que gracias a él ella sanó. Durante todo el
diálogo se debate con la duda de si el fantasma es enviado de Dios o de Satán.
El novicio se reanima y golpea a Surin. Grandier le reitera que no es Dios quien
manda ese castigo. Surin le pregunta al novicio si lo ama al lastimarlo y él
contesta que sí, que tiernamente. Con esto se convence de que el fantasma es
enviado del diablo y lo corre. Grandier le dice que le queda poco tiempo, que el
hijo del demonio ya se acerca, que Madre Juana asistirá a ese parto y que el
poder absoluto traerá mucha sangre y el infierno a la tierra. El fantasma
desaparece. A pesar de sus últimas palabras, Surin queda convencido de que ha
sido visitado nuevamente por el Señor de los Aires y pide al novicio que llame
al cardenal para confesarse.
Cuadro octavo. Madre Juana expira entre
fantasmas. La acción de este último cuadro ocurre años después. Richelieu y
Surin han muerto ya al igual que Grandier aparecerán como fantasmas. Las monjas,
como ráfagas, cruzan el escenario, a punto de chocar unas con otras. Tres de
ellas cantan en tono lastimero presintiendo su próxima orfandad. Se detienen al
ver que se acerca la camilla en que los monjes transportan a Madre Juana al
centro de la sala capitular. Solemnes empiezan a cantar, cada uno con una vela
entre las manos. Muchas otras velas rodean a Madre Juana. Los cantos son rezos
en forma de letanía para ayudar al alma de la priora a salir de este mundo. A lo
largo de su agonía la asaltan varias dudas: ¿Hay tiempo todavía? ¿Es el rostro
de Dios el que se acerca? Por fin desesperada grita ¡Basta! y en un último
monólogo concluye, exaltada, que es la gloria lo que le espera. Mas duda y se
pregunta: “¿O no es así?”. Ante esto, los tres fantasmas dan sus últimas
respuestas, cada una acorde al personaje. Grandier niega que es así y le pide
que renuncie a Satanás; Surin dice: “Debes hablar de amor......y vuela”;
Richelieu afirma; “es así; debes hablar de gloria porque ya viene el pueblo a
despedirte y el enviado del Rey”. Se elevan de nuevo los cantos. Madre Juana
busca los fantasmas, pero desaparecieron cada quien con su última línea. Hace un
último esfuerzo por incorporarse y hablar, pero no tiene fuerzas. Tras abrir
enormemente los ojos, expira. Su cabeza es cercenada y conducida en un altar
portátil hasta el proscenio, protegida por una campana de cristal. Todos apagan
sus velas y desaparecen. La cabeza abre los ojos y los clava en el público al
tiempo que dice: “Hay tiempo todavía... todavía.... (Sinopsis de
Miguel Arturo Valenzuela Remolina).
Fuente: "Diccionario de la Ópera Mexicana" del Maestro
José Octavio Sosa Manterola.
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