Pietro d’Abano. Ópera en tres actos de Cenobio Paniagua con libreto original en italiano y traducido al español por Teodoro Ducoing.

Personajes: Pietro d’Abano, médico astrónomo, barítono; Luisa, hija de Pietro d`Abano y amante de Arnoldo, soprano; Pietro da Reggio, juez del supremo tribunal, bajo; Arnoldo, sobrino de Pietro da Reggio, tenor; María, madre de Luisa, mezzosoprano; Lucio, discípulo de Pietro d`Abano, tenor; Lando, confidente de Pietro da Reggio, bajo.

Estreno: México, Gran Teatro Nacional, 5 de mayo de 1863. Intérpretes: Francisco de Paula Pineda (Pietro d’Abano), Ignacio Solares (Pietro da Reggio), Mariana Paniagua (Luisa), Marietta Pagliari (Maria), Teodoro Montes de Oca (Lucio), Giovanni Zanini (Lando), Antonio Morales (Arnoldo), dirigida por el autor y puesta en escena de Giovanni Zanini.

Representación para conmemorar el primer aniversario del triunfo del Ejercito Mexicano sobre las fuerzas francesas.
 
Argumento: Acto primero, escena primera. Patio de un colegio de Bologna. Entran dos incógnitos envueltos en capas oscuras. Son Pietro da Reggio y Lando, que persiguen a Pietro d`Abano por considerarlo réprobo y hereje. Esperan atraparlo en este sitio al término de la jornada colegial. Al interior del recinto se escuchan aclamaciones a la sabiduría de Pietro d`Abano, para indignación de Da Regio y Lando, que expresan agriamente su descontento y conjuran contra él. Suena pausadamente la campana del colegio, anunciando el término de las clases. Los discípulos abandonan el colegio en todas direcciones. Luego de buscar inútilmente entre ellos, los incógnitos se retiran. Varios jóvenes salen cantando vivas en honor de Pietro d`Abano. Otros, van a su encuentro jocosamente. Festejan la belleza de su hija. Luisa cruza el patio, escucha por un instante y se va al ver que la observan. Un joven refiere en tono irónico la vez que la conocieron. Cantaba un “ermitaño” a la luz de la luna, Luisa salía del balcón, era reprendida por su padre: se iba al punto. “¡Reclama venganza la beldad oprimida!”, concluyen alegremente.
Escena segunda. Pietro d`Abano escucha de Lucio la noticia de que los estudiantes faltaron a la honra de su hija. No sabe si maldecir el destino que lo hizo padre o lamentar que sus votos no fueran escuchados. El quería para Luisa la vida religiosa, retirada del mundo, prevenida de la ira humana que él había padecido. Lucio lo conmina a afrontar con valor su destino. La hostil incomprensión del mundo finalmente cedería y él sería por siempre recordado entre los sabios.
Escena tercera. Huerto de la casa de Pietro d`Abano. Anochece. En medio del huerto una cabaña con una torrecilla a guisa de observatorio. En el fondo las paredes derruidas de un templo antiguo. En el lado opuesto, la luna naciente ilumina las aguas de un lago. Luisa vacila entre permanecer al lado de sus padres o acceder a la petición de Arnoldo de partir con él esa misma noche.
Escena cuarta. Llega Pietro d`Abano al huerto por la parte opuesta a donde se encuentra su casa. Luisa, confusa y llorosa, va a su encuentro. Le pide que la bendiga. Pietro pregunta por el motivo de su llanto. Luisa no acierta a responder. Pietro, creyendo adivinar la causa del sufrimiento de su hija, le reprocha pertenecer a la raza inmunda que lo persigue implacable (Arnoldo es sobrino del juez da Reggio). Lamenta que el premio a sus largos estudios no le baste premio a sus largos estudios no le baste para arrebatar al destino a ningún mortal. Bendice a Luisa y la invita a hacer la oración vespertina con su madre, donde también él la estará esperando.
Escena quinta. Luisa se queda sola en el huerto. Le sorprende el efecto que las palabras de su padre han hecho en su alma. Cree estar decidida a no apartarse del hogar y da gracias al cielo por haber renovado en ella el amor filial. Da Luisa algunos pasos alrededor de la casa. Se escucha a lo lejos una canción melancólica. Luisa se detiene casi estática. Luisa fatalmente conmovida, ya sólo espera que la presencia de Arnoldo mitigue sus remordimientos y así poder partir. Saca Luisa un pliego sellado y lo lleva a la cabaña de su padre.
Escena sexta. Pasan algunos instantes. Llega una barca por la parte de las paredes derruidas, de la que sale Arnoldo envuelto en capa oscura. Luisa se rehúsa a ir con él. Suplicando el perdón de Arnoldo, se arroja a sus brazos. Permanecen estrechamente abrazados y lloran por algún tiempo. Arnoldo le reclama haber jurado amor eterno y no acepta que Luisa renuncie a él. Incapaz de mantener su propósito, Luisa sucumbe finalmente a su amor por Arnoldo, a pesar del dolor que siente por el dejar a sus padres. Entran en la barca y parten.
Escena séptima. Aparecen en la orilla del lago una multitud de soldados. Se internan en la huerta sigilosamente. Quieren llevarse por la fuerza a Pietro d`Abano, protegidos por la oscuridad de la noche. Se esconden entre las piedras de las paredes arruinadas, donde esperan su oportunidad.
Escena octava. Salen del huerto Pietro d`Abano, María, Lucio y criados con luces. Pietro llama a su hija, que no responde. Advierte que la cabaña está abierta. Entra. María, madre de Luisa, tiene un presentimiento atroz. Pietro sale pálido de la cabaña; tiene en la mano el pliego que dejó Luisa. Rompe el sello y lee a la luz de una antorcha: Luisa se ha ido e implora su perdón. Pietro d`Abano prorrumpe en sordos gemidos y cae como desmayado. María y los demás están llenos de la más amarga aflicción. En este momento, por la parte del lago, se escucha un alegre preludio musical y una serenata. Pietro lamenta que acaso haya caído en los brazos de un torpe amor. Iracundo, maldice a su hija. El coro de la serenata se aleja poco a poco con el ritornelo.
Escena novena. Salen los soldados de su escondrijo. Se dirigen a Pietro d`Abano y les muestran una orden de la justicia de hacerlo prisionero. Es conducido por los soldados. María se desvanece en brazos de Lucio.
Acto segundo, escena primera. Interior de una casucha rústica de aldeanos, en Los Apeninos. Al fulgor de unas luces que penden del techo están sentadas sobre rocas varias mujeres en vela, dedicadas a hilar. Montañeses de diversas edades; unos ocupados en obras de entalladura, otros conversando entre sí o con las mujeres. Se oye por fuera el ruido de la lluvia y el silbido de los vientos. Se oyen repetidos golpes en la puerta de la entrada. Son dos ancianos que buscan resguardarse de la lluvia.
Escena segunda. Los montañeses abren, entran cubiertos de nieve y empapados por la lluvia los dos misteriosos personajes envueltos en capas oscuras; son Pietro da Reggio y Lando su confidente. Luego de la formalidades de la recepción, conversan con los aldeanos. Da Reggio pregunta si ha llegado un joven a albergarse en ese lugar. Los aldeanos responden afirmativamente. Da Reggio les dice que ese joven es su sobrino, que había escapado con una mujer. Ellos le informan que la mujer se había suicidado que él había sufrido horribles momentos.
Escena tercera. Se abre una puerta y aparece Arnoldo, pálido, en ropas humildes. Pregunta si alguien ha pronunciado su nombre. Se sorprende al reconocer a su tío abuelo, quien se alegra de encontrar por fin a Arnoldo. este relata lo ocurrido, conturbado por la pérdida de Luisa, arrepentido del extravío al que los había conducido el amor. Da Reggio no concibe que la hija de Pietro D`Abano hubiera inspirado en su sobrino un amor tan funesto. Los aldeanos se horrorizan al saber que la mujer era hija del señalado hereje. Da Reggio jura ante todos exterminar un día a Pietro D`Abano, pero Arnoldo le hace saber que está dispuesto a defender al padre de Luisa con su propia vida, tal como ella se la había encomendado. No obstante, da Reggio reitera su juramento. Arnoldo se lanza impetuosamente fuera de la habitación. Intentan detenerlo en vano. Todos lo siguen aterrorizados.
Escena cuarta. Lugar solitario. Es de noche. En el fondo se ven a lo lejos las torres de la ciudad. De un lado las gradas que conducen al vestíbulo de un templo, cerca del cual está un antiguo edificio, sostenido por amplias y góticas bóvedas, a través de cuyas columnas se descubre un cementerio tenuemente alumbrado por la luna. Todo está en silencio. Sosteniéndose apenas, aparece Luisa, extenuada, con los vestidos y el pelo en desorden. Está en Bologna, de vuelta al hogar paterno. Un ermitaño la salvó de las aguas en las que perecía y le aconsejó volver a casa. Ella quiere recibir el perdón de sus padres para luego quitarse la vida. Luisa se arrodilla en las gradas de la escalera, cae lánguidamente en un sopor. De dentro del templo se escuchan voces confusas: expulsan a Pietro D’Abano de la celebración religiosa.
Escena quinta. Pietro D’Abano, arriba de la escalera del templo, iracundo, lamenta ser echado de la iglesia. No le permiten asistir a las honras fúnebres de esa ceremonia tan cara para él. Todos han olvidado su mérito y sus reclamos de inocencia al Vaticano. Quiere bajar y se encuentra con su hija, a quien confunde con un mendigo. Luisa se levanta y ve aterrorizada a su padre. Este, la mira con horror e indignación, y conteniéndose apenas, finge no conocerla. Luisa le dice que ha vuelto arrepentida. Pietro la rechaza; la desconoce como su hija. Luisa lamenta su impiedad y le dice que seguramente su madre será menos cruel. Luisa quiere partir. Pietro la detiene, lanza un sordo gemido. Del interior del edificio se oye un canto fúnebre. Una procesión de anacoretas, luego un ataúd, seguido de algunas personas con la cabeza inclinada, atraviesan el campo fúnebre. Pietro lleva a su hija, aterrada, hacia la balaustrada. Señalando el féretro, le dice que ha muerto su madre. Luisa, desesperada y llena de angustia, pide a Dios que le envíe también a ella la muerte. Se desvanece. Pietro la contempla inmóvil y como insensato. Después de varios instantes Luisa vuelve en sí. Clama la intercesión de su madre para que aplaque la ira de su padre. Abraza a Pietro por las rodillas e implora que por su madre la perdone. Terrible silencio. Vuelve a oírse el canto de los anacoretas. Todos quedan en silencio. Pietro ha escuchado atentamente el canto. Va postrándose ante su hija, a pesar de sí, conturbado por emociones encontradas. Finalmente le concede el perdón, la abraza y agradece su retorno.
Acto tercero. Escena primera. Prado del Valle de Padua. Casuchas de toda especie. De un lado el pabellón a la entrada de un magnífico recinto preparado para un torneo. Acude por todas partes la multitud de pueblo; cantan alegremente en la celebración de la fiesta de las flores. Varios vendedores de papeles distribuyen entre el pueblo pergaminos con alegres historias. Unos leen y otros escuchan un texto que tiene cierto paralelismo con la historia de Arnoldo y Luisa. Entre tantos, varias personas encubiertas se reúnen, y mirando con desdén a la bulliciosa multitud, hablan de sus planes de dar muerte a Pietro D’Abano. Este ha venido a refugiarse en Padua, donde ha nacido y es reconocido como sabio.
Escena segunda. Sonido estrepitoso de trompas. Precedido de alfiles con las insignias de su rango, desfilan los caballeros de la marina, espléndidamente armados. Luego desfila un carro cubierto con un dosel de púrpura, y encima un estandarte ricamente bordado, con franjas de oro, con las armas de la ciudad. Jóvenes nobles arrojan multitud de flores, fingiendo asaltar el carro; hermosas jovencitas salen a su defensa, con armas iguales, bajo el pabellón. Detrás del carro una legión de caballeros. Se vuelve a escuchar la música del coro del canto de las flores. En el momento culminante de la celebración, terminado el coro, se escucha en el interior la voz de un trovador, que canta una canción melancólica acompañado de un laúd.
Escena tercera. El cantor aparece al decir lo últimos versos. Es Arnoldo. El coro le pide que suspenda su lamento en tal día de júbilo. Arnoldo canta una canción de amor que el pueblo escucha con agrado. Al terminar la canción, el pueblo continúa la fiesta. El pueblo sale de la plaza. Las personas encubiertas se reúnen de nuevo y repiten su conjuro. Se van.
Escena cuarta. Celda solitaria. Las paredes de las bóvedas están llenas de imágenes recientemente pintadas. Escasa luz de una lámpara. En vuelto en una amplia túnica de color violado, se adelanta un viejo. Es Pietro da Reggio que, solitario, externa su rencor contra Pietro D’Abano. La fiesta continúa en las afueras de la ciudad.
Escena quinta. Llega Lando a informarle a da Reggio que ha encontrado a Arnoldo. Este ha venido a Padua, disfrazado de trovador, a salvar a Pietro D’Abano del complot que se ha urdido contra él. Muchos otros vienen con él. Da Reggio está dispuesto a pasar sobre su sobrino y sus aliados.
Escena sexta. La plaza de Padua. Crepúsculo matutino. Tañen las campanas llamando al pueblo, que acude formando grupos. Multitud de guardias ocupan las avenidas. Frente a los jueces, comparece Pietro D’Abano precedido de los jueces y rodeado de soldados. Dos hombres vestidos de oscuro lo sostienen, pues apenas puede andar por los efectos de la tortura. Pietro da Reggio está entre los jueces. Se escucha un coro que ora porque Pietro d’Abano se convierta antes de dormir. Pietro llega al medio de la plaza, se detiene. Con voz débil pero segura dice que en presencia de Dios y de los hombres, declara altamente inicua su condena. Perdona a sus enemigos y apela al mundo para que reconozca la dignidad humana que su ciencia ha revelado.
Escena séptima. Voces tumultuosas en un ángulo de la plaza. Arnoldo y los suyos llegan a liberar a Pietro d’Abano. Se escucha el choque de las espadas. Luisa se abre paso entre la multitud, y llega al lado de su padre. Pietro se levanta y, con voz apagada, pide que se depongan las armas. Vuelve a caer. La revuelta de Arnoldo es controlada. Pietro da Reggio mira irónicamente a Pietro d’Abano moribundo. Este convalece, esperando serenamente la muerte.

Escena octava. Arnoldo se presenta fuera de sí; no han logrado contenerlo. Encuentra Luisa y a su padre. Pietro d’Abano ha aceptado que Luisa se case con Arnoldo, pero ella quiere recluirse en el convento. Muere Pietro d’Abano. Luisa desvaría. Algunas monjas la acogen con velos. Pietro da Reggio se lleva a su sobrino. Estupor, tristeza en general.


Fuente: "Diccionario de la Ópera Mexicana" del Maestro José Octavio Sosa Manterola.

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