Tata Vasco. Ópera o drama sinfónico en cinco cuadros de
Miguel Bernal Jiménez con libreto en español de Manuel Muñoz.
(2’30. ca.)
Compuesta para la celebración del IV Centenario de la llegada a
Pátzcuaro del primer Obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga.
Personajes:
Don Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, barítono; Coyuva, hija del Rey de los
Puhrépecha, soprano; Ticátame, príncipe Puhrépecha, tenor; Petámuti, un
hechicero, bajo; Cuninjángari, gobernador de Tzintzuntzan, barítono; Un vigía,
barítono; Tres frailes, tenor, barítono y bajo; Primer alabado, tenor; Segundo
alabado, mezzosoprano; Un niño, voz blanca. Coro mixto, de niños y
ballet.
Dotación: 2 flautas, 1 piccolo, 2 oboes, 1 corno inglés, 2
clarinetes, 1 clarinete bajo, 2 fagotes, 4 cornos, 3 trompetas, 3 trombones,
tuba, timbales, arpa, piano, celesta, platos, bombo, gong, glockenspiel,
campanas, tambor o tamborcillo, pandero, maracas, vibráfono, teponoztle,
cuerdas.
Estreno: Pátzcuaro, Michoacán, en las ruinas de la Iglesia del
Tercer Orden, ubicada frente al templo de San Francisco, 15 de febrero de
1941.
Intérpretes: Gilberto Cerda (Tata Vasco), Leonor Cadena (Coyuva),
Ricardo C. Lara (Ticátame), Felipe Aguilera (Petámuti), Ernesto Farfán
(Cuninjángari), Nicolás Rico, Miguel Botello y Saturnino Huerta (Tres frailes),
dirigidos por el compositor.
La primera representación en la ciudad de
México se llevó a cabo en el Teatro Arbeu el 15 de marzo de 1941 con el mismo
elenco de la premier; posteriormente se representó en el Teatro Degollado de
Guadalajara el 3 de mayo de 1943 y en Madrid, España, en 1948.
En el
Palacio de Bellas Artes se estrenó el 29 de septiembre de 1949. Intérpretes:
Gilberto Cerda (Tata Vasco), Celia García (Coyuva), José I. Sánchez (Ticátame),
Ignacio Ruffino (Petámuti), Miguel Botello (Cuninjángari), Alfonso Carone,
Alberto Herrera y Pedro Garnica (Tres frailes), dirigidos por el autor, puesta
en escena de Fernando Wagner, escenografía y vestuario de Julio Prieto,
coreografía de Marcelo Torreblanca y dirección de coros de Jesús Durón y Julio
Jaramillo.
Grabación: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-INBA.
Jesús Suaste, Violeta Dávalos, Alfredo Portilla, Rosendo Flores, Genaro Sulvarán
y Arturo Valencia. Coro y Orquesta del Teatro de Bellas Artes y Schola Cantorum
de México, Luis Berber, director.
Argumento: La acción tiene lugar
en Michoacán.
Primer cuadro. Se abre con una escena salvaje. Es de noche. En
un bosque se oculta la yácata[1] de los
reyes tarascos; frente a ella, y alrededor de una hoguera, danzan los
curacas[2] presididos por
Petámuti[3]. Esperan la llegada de la
princesa Coyuva, la cual ha de traer las cenizas de su padre, el último rey de
los tarascos, bárbaramente asesinado por el español Nuño de Guzmán[4]. Al llegar aquélla, y a la vista de los despojos
reales, los guerreros juran venganza. Entre ellos se encuentra el príncipe
Ticátame[5], prometido de Coyuva, que al
igual que todos respira sentimientos de odio y represalia. Los curacas
-acompañados de la guanánchecha<[6] que han
venido con la princesa-, después de depositar los restos, se alejan al son de un
canto de guerra. Coyuva pide al príncipe que por amor a ella trueque sus deseos
de venganza por el perdón que exige la religión cristiana, a la cual ella se ha
convertido. Al ceder Ticátame, monta en cólera el hechicero Petámuti y se lanza
sobre él con ánimos de matarle, pero es vencido por el príncipe. Furioso, el
hechicero lanza a los amantes su temida maldición: “Ni uarí” (Ve, muere) y se
aleja amenazando venganza, mientras la princesa, que ha hablado a su príncipe de
las grandezas de la fe y sus apóstoles, entre los que menciona a don Vasco,
gozosa reconoce en su triunfo “el poder de Jesucristo”, en tanto Ticátame se
sorprende del cambio que ha operado en él “el amor de una mujer”.
Segundo
cuadro. Se desarrolla en la sacristía del primitivo templo de Tzintzuntzan. Un
grupo de niños indios retoza libremente en espera de las instrucciones que ha de
darles un misionero franciscano. Este interrumpe bruscamente el juego con su
llegada, apaciguando a los chiquitines y prometiéndoles una recompensa para
después de la lección. Efectúase ésta en la forma curiosa que la historia
refiere. Al terminar, los niños piden al religioso cante una canción española.
El fraile, sencillo y jovial, accede a imitar la usanza de los juglares y los
chicos se marchan satisfechos y alegres en los momentos en que hace su entrada
en escena el licenciado Vasco de Quiroga, quien en su carácter de oidor viene
con el encargo de volver al orden a los indios de Michoacán, quienes
reaccionando contra la crueldad de Nuño se han dado a su primitiva vida de
salvajismo. Los indios principales de Tzintzuntzan, congregados por don Vasco y
encabezados por don Pedro Cuninjángari[7],
pariente del rey asesinado y a la sazón gobernador de la ciudad, se presenta a
exponer sus quejas. Con sabiduría y santidad contesta don Vasco y los exhorta a
dejar su vida nómada, su idolatría y la poligamia, condición para que él se
consagre al bien de ellos. Terminado el discurso, Ticátame y Coyuva piden ser
recibidos en audiencia y solicitan ser unidos en cristiano matrimonio por el
religioso. Este, sabedor de la preconizada elevación de don Vasco de simple
seglar a primer obispo de Michoacán, en premio a su vida ejemplar y caritativa,
propone que sea el nuevo obispo quien una los destinos de los
príncipes.
Tercer cuadro. El escenario es el atrio del templo de
Tzintzuntzan, con su cruz blanca de cantera. Las penden de las ramas de los
árboles como gigantescos frutos y los olivos, cargados de años, parecen doblar
la rodilla ante la iglesia que se ve en el fondo. Es la hora misteriosa del
amanecer y ante aquella perspectiva escuchamos en la orquesta todo el silencio y
el encanto de la hora, así como después en lejanía, y perdido entre suaves
murmullos de frondas, El alabado[8] que
canta los labriegos caminos de las sementeras ante la milagrosa y suave
policromía del amanecer. Llegan entonces por un lado don Vasco y sus
acompañantes, y por el otro los príncipes y su cortejo para la celebración de
las bodas. Don Vasco les habla a los novios del vínculo sagrado, preparándolos
para la ceremonia, y ellos se juran fidelidad y amor, encaminándose después
todos hacia la iglesia, cuyo interior, al abrirse las puertas, vemos convertido
en una ascua de oro y se escucha allá adentro un coro palestriniano sublime y
uncioso. Puñal en mano, a consumar su venganza, llega Petámuti; más al subir las
gradas del templo para asesinar a los desposados, tropieza y cae hiriéndose con
su propia arma. Al grito de angustia del hechicero sale Cuninjángari y
horrorizado llama a don vasco a socorrer al agonizante, quien después de larga
porfía cede ante la caridad del obispo y es bautizado antes de morir. En medio
de la general consternación, un grupo de indios se lleva el cadáver, finalizando
el cuadro con El alabado, que se oye de nuevo a los lejos.
Cuarto cuadro. Se
celebran las fiestas de la boda ante el panorama del hermoso lago de Pátzcuaro,
visto desde un lugar elevado. Don Vasco visita a los novios en su festejo y
presencia el baile de cuatro interesantes danzas indias. Oímos también una
canción y un brindis en tarasco. Antes de Retirarse, el obispo ofrece a los
indios seguir trabajando por su bien y los invita a Pátzcuaro, en donde se
establecerá un seminario y les enseñará diferentes industrias que les ayuden a
vivir mejor. Una vez que él se ha ido todos los presentes se ponen a danzar en
pintoresca confusión.
Quinto Cuadro. Sucede el cuadro final en la sala de
audiencia episcopal en Pátzcuaro, y ahí vemos a don Vasco examinando los planos
de la catedral y el seminario, cuando le anuncian que los indios vienen a
mostrarle los primeros frutos de las industrias que él les enseñó, y así, en
vistoso e interesante desfile, pasan ante sus ojos las jícaras de Uruapan, los
tzuntzu[9] de Tzintzuntzan, los
huanengo[10] de Nahuatzen, los cazos de
Santa Clara, los guarúcua[11] de Pacandan,
las guitarras de Paracho y los rebozos de las guari[12]. Don Vasco, enternecido y en su ansia de prodigarse
a los puhrépecha[13], dice entregarles su
espíritu, su tumba y todo él, y buscando qué más darles, les muestra la imagen
de la Virgen de la Salud, la Yuríxhquiri[14] bendita a quien les deja por madre para que vele por
el bienestar de sus hijos. (Sinopsis de Miguel Bernal Jiménez).
[1] Sepulcro.
[2] Sacerdotes, jefes de la
tribu.
[3] El sabio.
[4] Presidente de la Primera Real
Audiencia.
[5] Lengua sonora.
[6] Vestales del
sol.
[7] Cara de pájaro.
[8] Melodías que los españoles
enseñaron a los indios y que éstos acostumbran cantar al empezar las labores y
también los entierros.
[9] Ollas.
[10] Corpiños,
blusas.
[11] Red.
[12] Indias.
[13] Raza
Tarasca.
[14] La que tiene la sangre pura.
Fuente: "Diccionario de la Ópera Mexicana" del Maestro
José Octavio Sosa Manterola.
Óperacalli.com el lugar de la
ópera en México