LA PRESENCIA DE ENRICO CARUSO EN MÉXICO

                                                                                  
Dedicado al C.P. Juan Carlos Flores

Enrico Caruso  nace en Nápoles  el 25 de febrero de 1873, indudablemente el divo más famoso de inicios del siglo XX .  Es conocido por nosotros no sólo por las crónicas de los grandes  que  transmiten  una pequeña afloración de este singular personaje;  además, la  voz de Caruso se perpetua mediante las primeras y rudimentarias grabaciones que acrecentaron su popularidad entre los círculos sociales de aquella época  y lo hacen presente hasta nuestro días, lo cual le aseguró la posteridad y  fama por siempre. En este sentido podemos explicar porqué operómanos de todas las edades contemplan en su discoteca familiar grabaciones de este singular tenor. 

Su primera aparición  operística, no con mucho éxito, fue  en el escenario de su  natal Nápoles  interpretando el papel principal del L´amico  Fritz de Pietro Mascagni.  Más tarde su repertorio constaría de 57 roles, 37 de ellos  los interpreto en el Metropolitan de Nueva York donde se presentó 622 veces. En sus giras, 210 haciendo un total de 832 participaciones en escena: papeles como Canio, Radamés, Don José, Manrico o Nemorino  y tantos otros de los cuales tuvo el placer de interpretar en las funciones de estreno quedarán  estrechamente ligados a su nombre. Una carrera seguramente apotéotica, tomando en cuenta las condiciones tan precarias de aquella época, tuvo su ocaso en la ópera una víspera de navidad en 1920 interpretando el rol de Eleazar de La Juive de Halévy, murió el 2 de agosto de 1921 en Nápoles.

“....Si en Caruso la casualidad que más le admira es su privilegiada voz y con reconocerle que la posee aún potente, completa  y bien timbrada, se justifica su renombre merecido, comprobando que es un artista consciente, se afirma su reputación y se le proclama indiscutible...” Con estas palabras el crítico Don Eduardo Macedo y Arbeu describe la presencia de Caruso después de la función debut en México....   

Hablar de esta notable figura en México es hablar de tan sólo una pequeña página en la  tradición operística de nuestro país, figuras como Francesco Tamagno, Adelina Patti  o el gran barítono Tita Ruffo,  por citar algunos nombres. Divos de todas las épocas han desfilado por nuestros máximos escenarios, dejando algunos de ellos noches memorables tanto gloriosas como los más puros  fracasos que acrecientan la historia de nuestra lírica. Pero imaginemos la Ciudad de México en el año de 1919 ,la  noticia de que el gran tenor  Enrico Caruso se presentaría, indudablemente causó furor entre los operómanos,  la ciudad se encontró en un ambiente de consumismo de artículos  que  almacenes de prestigio anunciaban, invitaban a sus clientes a vestir de gala en las funciones del tenor y no dejar pasar la oportunidad de adquirir la nueva colección fonográfica.

Del 2 al 30 de octubre de 1919, Caruso interpretó ocho diferentes títulos de la lírica universal que fueron el Ricardo en Un ballo in maschera, Don José de Carmen, Samson, Lyonel en Martha, Canio de I Pagliacci, Radamés de Aída y Des Grieux de Manon Lescaut de Giacomo Puccini. Al lado de la mezzosoprano Gabriela Besanzoni, así como de nuestras dos célebres y olvidadas sopranos mexicanas Maria Teresa Santillán y María  Luisa Escobar.

El 6 de octubre , Caruso dirigió una carta a su esposa  a Nueva York  describiendo la impresión que había resultado después de cantar Don José de la Carmen en la Plaza el Toreo completamente a la intemperie:

“Después de terminar todos mis preparativos me dirigí a la Plaza. Es está el ruedo taurino, al aire libre. Brillaba un sol espléndido, pero mi voz estaba  como si fuera media noche, oscura, muy oscura yo temblaba. Me vestí rápidamente, eché algo en la garganta y listo para la función. La empezamos exactamente dadas las 3. Saludáronme con tibio aplauso. Empecé a cantar con voz muy fuerte y cansada, pero pronto juzgué que llegaría felizmente hasta el final. Luego vino el dúo de Micaela y al concluir  el dúo, como yo estaba nervioso porque Micaela no daba pie con bola , mi voz no sonó bien, pero sí pasaderamente y el público me aplaudió. Desde ese preciso momento el tiempo empezó a variar y a cumularse grandes nubes; como era de esperarse, antes de que el  primer acto terminara, empezó a llover  y la Carmen y yo nos remojamos. Supusimos que el público se ausentaría, pero nadie se movió.” 

Es claro  el interés que el gran Caruso despertó en los  habitantes de la ciudad, fortaleciendo y enalteciendo el espíritu de amor de los melómanos por este bello espectáculo; al igual que el profesionalismo de toda la compañía que participó en estas funciones, permitieron que las grandes ovaciones fueran interminables e históricas. Prueba de ello lo reafirman  las crónicas de los periódicos que circulaban en aquella época, como  es la que hace Don Carlos González Peña en el periódico El Universal: “Yo dudaba de que Caruso pudiera hacer una creación de Canio...antojándose poca ópera para la talla del eminente tenor. Sin embargo, hay que verlo y hay que escucharlo. Se magnifica y se agiganta. Se suma al actor y al cantante experto, el artista todo pasión, alma candente y arrolladora de pasión que vibra y esplende, que en el arrebato supremo del dolor humano , se eleva a ratos  a la cumbre de lo sublime... ¡con qué brío estupendo, con qué excelsa comprensión no ya del arte, sino del alma humana, canta después, de aquel modo inolvidable, su ´Vesti la Giubba´ ¡” .

Caruso se despide de los escenarios de México el 30 de octubre  interpretando el papel de Des Grieux, junto con Maria Teresa Santillán como Manon Lescaut y David  Silva en Lescaut. Regresa a Nueva York y un año y meses después muere en su ciudad natal Nápoles.  


David Neri