La Figurilla De Porcelana Negra.
A nuestros anfitriones Alicia y Jorge, inspiradores de estas líneas.
Seguramente todos sabemos de los diferentes problemas y vicisitudes, que
al iniciar todo proyecto nos enfrentamos, problemas que en el futuro se
convierten en experiencia que nos permitirá alcanzar nuestro objetivo,
cuantos entes pasan por nuestro camino y solo algunos nos ayudan a encontrar la
senda y otros la obscurecen. Este círculo, donde todos somos
protagonistas en la vida de otros, así como otros lo son de la nuestra.
Esta aseveración es aplicable a las posteriores líneas
que transcribo, el proceso creativo de uno de los roles
que caracterizaron a una de las más afamadas divas de la ópera
soviética, Galina Vishnevskaya; quien con vigor y lucidez nos permite
discurrir en su vida al inicio de su carrera y conocer sus pensamientos al
enfrentarse a Aida personaje que la caracterizara en su
tiempo.
Galina será testigo de la historia de la Rusia
revolucionaria, describiendo el mundo de un artista acosado por la vigilancia de
la KGB y por el permanente control que ejerce el partido comunista. En 1974,
tras sufrir años de persecuciones por las autoridades sovieticas, Galina y
Rostropovich su esposo, deciden emigrar a occidente. En 1978 el Comité Central
de la URSS despojará al matrimonio de la ciudadanía rusa. También se les
prohibirá regresar a su país.
El rol de Aida ocupaba un lugar especial en
mi carrera operística. Fue como Aida que ingresé en el Bolshoi y fue el
primer personaje que interprete en el extranjero. Considero que la puesta
de Aida del Bolshoi fue la mejor de todas aquellas en las que he
intervenido, incluyendo las del Metropolitan de Nueva York, la Opera de Paris y
el Covent Garden de Londres.
La Aida del Bolshoi contenia lo mejor que
podía ofrecer el teatro: un elenco selecto, esplendidos decorados y vestuario,
obra de la artista Starzhenetskaya, una puesta en escena brillante de Pokrovsky
y la dirección inigualable de Melik-Pashayev. Desde el momento en que ingresé en
el Bolshoi había soñado con cantar en esa ópera y no me perdía ni una sola
función. Todo en la obra me atraía, todo excepto quiza la heroína que no me
conmovía. Le faltaba vida, personalidad, romanticismo. El público y yo misma se
inclinaba por Amneris. Sin embargo, la ópera comienza con un himno de amor
dedicado a Aida, la famosa aria con que Radames presenta a la heroína:
“Celeste Aida, forma divina,
mistico serto di luce e fior.”
Una vez que el tenor ha hecho
referencia a la personalidad de Aida, finalizando el aria con un exquisito si
bemol en la octava alta, le corresponde a Aida pensar en su aspecto antes de
presentarse ante el público.
Aida criatura fragil y exótica. El gran
Verdi, que tan bien conocía la voz humana y la psicología de los cantantes, debe
de haberla amado mucho para no darse cuenta de que tendía una trampa a los
tenores al comienzo del primer acto; un aria sumamente difícil, cuando el
cantante aún no ha preparado su voz ni regulado su respiración. Como maldicen al
querido compositor, mientras aguardan transpirando que se levante el telón.
Aida. A ningun otro personaje de la opera asigno Verdi tan exquisitos
pianissimi. Encarnación del amor y el autosacrificio, debe sentir todo su
ser embargado por la ternura que expresa la orquesta, cuando ella aparece
en escena por primera vez. La música de por sí, da una clara imagen visual del
personaje. Me la imagine como una figura de porcelana negra que cobra vida. Vi
las líneas esbeltas de su silueta, su andar cadencioso, la altivez de la
princesa etiope.
Basta observar un fresco egipcio para saber cómo debe
vestir Amneris; nadie sabe realmente cómo vestir a una esclava etiópe. La hija
del faraón estaba ataviada con ricos vestidos, joyas y lucia elaborados
peinados. Aida era vestida por lo general con ropas del mismo estilo que las de
Amneris, pero mucho más sencillas, restándole, así individualidad. Pero Radames
debe tener un buen motivo para escogerla entre las numerosas criadas de la
hermosa hija del faraón. Aida debe ser deslumbrante que obligue al brillante
soldado a renunciar al amor de la princesa egipcia y afrontar la muerte, con tal
de no perder a la pequeña esclava.
Yo deseaba despojar a Aida del
carácter majestuoso que otras interpretes habían conferido al personaje; deseaba
liberar su gracia natural. Había que enfatizar la condición salvaje y exotica de
esa orquídea negra. Pero ¿cómo lograrlo? Era una esclava y todo ornamento la
haría aparecer como una pobre imitación de Amneris.
Decidí comenzar
por una actitud extrema; tan solo un vestido durante toda la representación.
Pero ese único vestido debía dar la imagen total de la heroína, de tal manera
que una vez que el público la viera, la recordara durante todo el transcurso de
la ópera, aun cuando no estuviera en escena.
Cuando estudié el rol,
comencé por la música para luego ir al contenido dramático, por muy excelso que
sea el poeta o escritor cuya obra haya servido de base a la composición.
Pero el proceso que me lleva a logra la imagen musical del personaje es extenso
y desde un punto de vista objetivo, puede parecer tedioso. Leo la música durante
largas horas, tratando de comprender los secretos del estado emocional del
compositor de vislumbrar tras las notas, aquello que lo atormentaba o emocionaba
mientras escribía la obra. Necesito comprender por qué escribio una frase
determinada o un intervalo de tal manera en que lo hizo, aunque a primera
vista parezca ilógico, dificil y aun irrealizable.
Cuando finalmente
percibo los pensamientos y sentimientos del compositor y los hago propios,
cuando escucho en mi interior el sonido de la imagen musical y bosquejo los
perfiles del personaje comienzo a cantarlo en voz alta y a añadirle color. Luego
aplico mi temperamento . Dejo volar mi imaginación y creo la imagen
escénica.
Pero no solo aprendemos solos, también los que nos rodean
nos permiten conocer y dar un enfoque diferente y justo esto le sucedió a
nuestra diva el Metropolitan Opera al cantar este rol.
Recibí una oferta
del Metropolitan Opera, para cantar la ópera que yo escogiera; elegí Aida
con Jon Vickers en el papel de Radames, solo ensayamos una vez y durante el
ensayo él y yo discutimos. Me grada ensayar sobre todo con un buen compañero ya
que ello evita que durante la función, deba ocuparme de detalles técnicos. Pero
durante el ensayo de la escena del Nilo, que se repitió varias veces, noté que
Vickers se ponía de mal humor, era evidente que no deseaba ensayar. Seguimos así
hasta el dúo final. Se prepara para partir.
- Está todo muy claro; nos ponemos en pie y cantamos- dijo,
- No. Debemos ponermos de acuerdo sobre lo que debemos de hacer. Si usted no desea hacer lo que sugiero, haré lo que usted desee, porque no podemos permanecer inmóviles durante el transcurso de un extenso dúo. Esto es un espectáculo, no un recital.
- No tengo tiempo. Debo partir
- Que grosería. Soy una mujer… y me han invitado a cantar aquí.
- Todos somos invitados aquí.
- ¿qué quiere decir “todos”?- En el momento no pense que era así.
- Lo que dije, “todos”, ¿Está bien? Adios – Y partió
Quede boquiabierta e indignada. Sabia como recibíamos a los artistas
invitados en el Bolshoi. A menudo se les daba el papel de una solista a una
extranjera, aunque fuera mediocre.
Cuando llego el momento de la función, salí al escenario y me encontré con la
mirada “apasionada” de Vickers, que, a los efectos de la representación, estaba
ahora locamente enamorado de mí. Desvié la mirada y no lo volví a mirar durante
toda la escena. Ello no era muy importante en el comienzo de la ópera, pero nos
quedaba una eternidad de amor. Vickers comprobó que no había mirada capaz de
quitarme el malhumor. Sencillamente, no lo miraba. Durante el primer intervalo y
allí mismo, sobre el escenario, me levantó en el aire varias veces. Así hicimos
las paces.
David Neri