IN MEMORIAM
ANTONIO LÓPEZ MANCERA
(1924-1994)
José Octavio Sosa
El teatro mexicano, la ópera, la danza y las nuevas generaciones han
perdido al más importante escenógrafo, diseñador e iluminador mexicano. Para el
Teatro de Bellas Artes significa la ausencia de uno de sus pilares centrales. La
muerte del maestro Antonio López Mancera, acaecida el pasado 6 de marzo de 1994
en la ciudad de México, enlutó a centenares de sus colegas, a cantantes con los
que convivió a lo largo de más de 50 años y en particular, a todo el personal de
su casa, Bellas Artes.
Antonio López Mancera nació en la ciudad de México el 6 de marzo de 1924. Inició la carrera de escenografía en la Escuela de Arte Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes en el año 1949, con el célebre Julio Prieto, con quien colaboró durante muchos años.
En el ámbito operístico, sin duda al que más espacio brindó, debutó el 17 de julio de 1951 con la ópera La Traviata, con María Callas en el papel central. A partir de entonces, la presencia escenográfica de López Mancera estuvo presente, ininterrumpidamente, en todas las temporadas nacionales e internacionales de ópera en Bellas Artes y el extranjero, amén de las producciones para ballet y teatro mexicano e internacional.
En 1952 realizó las escenografías de las óperas I puritani, con María Callas, Giuseppe di Stefano y la conducción musical de Guido Picco; Il trovatore con Rosa Rodríguez, Oralia Domínguez, el tenor español José Soler y la puesta en escena de Desiré Defrere; la reposición de la ópera mexicana Atzimba, de Ricardo Castro, con Rosa Rimoch en el protagónico, bajo la concertación de José F. Vázquez, y La leyenda de Rudel, también de Castro, con José Sosa y Alicia Aguilar.
Enumerar cronológicamente todas sus realizaciones escenográficas sería imposible, como lo será que alguien coseche tantas producciones y tantos éxitos.
En 1953 obtuvo uno de sus más grandes triunfos con la ópera Boris Godunov, de Mussorsgki, en la que ha sido la producción que más impacto ha causado en lo que tiene de vida el Teatro de Bellas Artes. Estas representaciones llevaron como cantantes principales al bajo italo-ruso Nicola Rossi-Lemeni, a la mezzosoprano Elena Nicolai, al tenor Giuseppe Campora y a los bajos Roberto Silva y Salvatore Baccaloni.
En su aporte al desarrollo cultural no sólo se perfiló como escenógrafo, sino que a lo largo de su vida desempeñó varios cargos públicos dentro del ámbito cultural mexicano. De 1952 a 1977 fue jefe del Departamento de Producción Teatral del INBA. De 1958 a 1973 fue profesor de Producción Teatral en Filosofía y Letras de la UNAM y de escenografía en la Escuela de Arte Dramático del INBA. En 1962, junto con Ana Mérida, fundó la Compañía Nacional de Danza, para la que realizó diversas escenografías.
Fue director técnico y director general del Festival Internacional Cervantino. Entre 1973 y 1976 dirigió la oficina de programación de contratación de los teatros del INBA. En el periodo 82-85 fue director del Palacio de Bellas Artes.
En 1972 estrenó dos de sus más célebres producciones: Aida, con Marisa Galvany y Harry Theyard, escenografía utilizada hasta la fecha, y Turandot, que fue presentada en temporadas de ópera de Bellas Artes.
En 1974 presidió la Delegación Mexicana al V Congreso de la OISTT en las ciudades de Praga y Londres.
Por su labor se hizo merecedor de diversos premios en México y el extranjero. En 1953 recibió el premio de la Asociación Nacional de Críticos por la escenografía de Boris Godunov.
En 1973 el gobierno de Francia le otorgó las Palmas Académicas por su labor en pro del teatro francés en México. La Asociación de Críticos de Música premió en 1972 su trabajo por las producciones de Aida y Turandot.
Para el teatro extranjero llevó a cabo escenografías y vestuario que le valieron diversos reconocimientos en Kiel, Alemania. Diseñó la obra Camino Real de T. Williams y para Praga, Francia, España e Italia realizó producciones de ópera, teatro y danza.
No solamente fue un gran escenógrafo, sino un gran maestro, que creó una escuela de valores creativos que han predominado en la vida escenotécnica del arte lírico. Supo hacer también muchos amigos, supo convivir a lo largo de tantos años y en los diversos cargos que ocupó; considerando una gran responsabilidad a la amistad y el compañerismo, factor no muy común, pero necesario en el también difícil arte de la convivencia.
Ahora lejos de la vida terrenal, Antonio López Mancera ha sido solicitado para crear la escenografía más importante de su muerte.
Ha de diseñar en el escenario que los vivos no conocemos aún, para goce y
deleite de los que están con él.