VERDI. CIENTO SESENTA  AÑOS DE VICISITUDES

 

Por Fernando Díez de Urdanivia

Cuando se estrenó La Traviata en Venecia, en 1853, su autor tuvo la impresión de un fracaso, entre otras cosas por las toneladas de sobra con que la  soprano hizo muy poco creíbles su tisis y su muerte.

De entonces a la fecha, el que sin duda es máximo best seller entre los compositores de ópera, ha debido transitar por las amplios bulevares de la gran puesta en escena con rutilantes divas, y por las espinosas veredas de la miserable producción con tristes principiantes. Nada ha afectado su gloria.

El solo nombre del creador de Aída en la marquesina, ha sido y sigue siendo garantía taquillera. Las funciones en Bellas Artes, de algún modo celebración de su centenario, son una de tantas muestras de adicción del público. Creo que merecen análisis.

Juan José Arreola me dijo alguna vez que el ballet es un espectáculo condenado a la perfección. Lo mismo puede decirse de la ópera, donde el menor gallito del tenor es tan grave como un ligero tembleque en la pierna de la prima ballerina. Pero en el mundo, hoy y siempre, lo que más se ha visto y escuchado son las imperfecciones.

Por tratarse de la más completa y costosa plasmación teatral, la ópera está igualmente ligada a la tradición cultural de un país y a su presente económico. En otras palabras, es difícilmente tercermundista.

Nuestra historia operística ostenta un abolengo mayor que el de ningún otro género musical. Ya en 1806 se representaba, por ejemplo, El barbero de Sevilla  de Paisiello, y a través del siglo XIX nos visitaban luminarias como la Sontag y la Patti, y se daba el prodigio llamado Angela Peralta. Pero en este aspecto del arte, como en tantos otros de tan diversa índole, México no ha seguido un camino lineal. Los altibajos de las finanzas, la ausencia de una verdadera escuela de ópera, con lo que quiero referirme no sólo a la preparación abundante de profesionales, sino a su fogueo continuo, han sido factores decisivos para que la afición, que a pesar de todo sigue llenando el teatro, vaya teniendo que  vivir cada vez más de añoranzas y aprendiendo a deglutir desabridos bocados.

Lo he dicho ya alguna vez, pero aquí lo repito. El público de ópera tiene peculiaridades que no acabo de entender. Quizás sea el más exigente de todos los públicos; pero al mismo tiempo resulta de una conformidad asombrosa, que a lo mejor es resignación. Aunque sea lo más probable que haya muy pocos sobrevivientes activos de los tiempos de Dorothy Kirsten, Di Stefano, Valdengo, Gianni Poggi y Leonard Warren, en cambio debe haber muchos que escucharon años después los buenos elencos mexicanos de La Traviata. Encima de ello, tenemos hoy los parámetros implacables de la televisión, el disco y el video. Con lo cual quiero decir que, hasta los más jóvenes asistentes a la ópera, saben muy bien lo que deben esperar, pero aceptan lo que pueden recibir.

En México se sigue cumpliendo el ritual de la ópera contra viento y marea. Como se cumple el ritual de los toros o del futbol, aunque sea sólo para recordar los días de Silverio, Garza y Manolete, o de Casarín, Lángara y la Tota Carvajal. ¿Es esto bueno o malo? Creo que si se habla de las aficiones como hábito cotidiano, como elementos enriquecedores de vida, se trata de algo positivo. En cambio, si se contemplan las cosas con criterio estricto, me parece importante el peligro del deterioro; del conformismo que lleva a decir: “es mejor que nada”.

Sin ser tercermundistas, no podemos tener  ópera, ni muchas otras cosas de primer mundo. Pero estamos obligados a tender a ellas. A no separar de ellas nuestra vista. Porque cuando se pierde el objetivo, se suele gastar la pólvora en disparos al aire.

De La Traviata que me toca reseñar, lo rescatable del elenco fue la soprano española Angeles Blancas. Lo mejor de la noche, el director Guido Maria Guida, la orquesta y los coros, aparte del strip tease femenino del tercer acto, que debían haberlo bisado. Lo peor, para mí, la dirección de escena que parecía más bien  de “ópera concierto”. Lo más pintoresco, los muchos braveros que no eran precisamente espectadores que se quisieran trompearse con nadie, sino que echaban bravos dignos de mucho mejor causa. 

Apostilla final. A la salida del teatro, un amigo me dice: por los treinta y cinco dólares que pagué, en Nueva York y hasta en Houston puedo ver mejor ópera.

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