Es, sin duda, una especie de disco duro del quehacer lírico nacional. Sin su acucioso trabajo de investigación, la
memoria operística de México, seguro, sufriría alzheimer.
José Octavio Sosa Manterola. Ciudad de México, 3 de Febrero de 1962. Investigador e historiador musical.
Ha desempeñado diversos cargos en la administración pública y elaborado libros que dan cuenta fiel de la actividad
operística de nuestro país.
Fue bibliotecario y jefe de personal del Coro del Teatro de Bellas Artes, coordinador musical de la Compañía Nacional
de Ópera, coordinador musical de la Ópera de Morelia, asistente escénico en el Festival Cultural Sinaloa, jefe de
personal y gerente artístico de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes y, desde febrero de 2002, es subdirector de la
Compañía Nacional de Ópera.
Colaborador de la revista Pro Ópera prácticamente desde sus inicios, ha escrito artículos para suplementos culturales
de los periódicos Excélsior, Reforma y El Universal y las revistas Artes Escénicas, Conservatorianos, Amigos de
Bellas Artes, Médica de Arte y Cultura y Biblioteca de México. Ha escrito también para los programas de mano de
actividades del INBA, de la UNAM, y de la Orquesta Sinfónica de Guanajuato.
Ha publicado los libros Dos siglos de ópera en México —en colaboración con Mónica Escobedo—, La ópera en
Guadalajara, Diccionario Ópera en Bellas Artes, 70 años de ópera en el Palacio de Bellas Artes, Diccionario de la ópera
mexicana. Igual colaboró en México, su apuesta por la cultura y La ópera mexicana 1805-2002, junto a
Ernesto de la Peña, Manuel Yrízar, Gabriela de la Vega y Guillermo Saldaña.
Para conocer con mayor detalle su labor de investigación, José Octavio Sosa conversó para los lectores de Pro Ópera.
—Sosa y Manterola son apellidos por los que te viene la ópera. Háblanos de ello.
—Asi es. La ópera ha estado en casa desde que tengo uso de razón. Mi abuelo materno, Luis Manterola, cantó algunos
años en la Compañía Impulsora de Ópera. Luego, mi padre cantó mucho en las temporadas de ópera nacional e
internacional. Mi madre fue integrante del coro durante 30 años. También el recuerdo de la ópera lo tengo presente a
través de las grabaciones. Tenía, por ejemplo, un elepé con arias cantadas por Giuseppe Di Stefano y de tanto
escucharlo nos lo acabamos. Aunque en casa se oía otros géneros musicales, la tendencia era muy fuerte por la ópera.
Después de vivir un tiempo en Tampico, Tamaulipas, donde falleció mi padre, regresé a la ciudad de México y tuve
oportunidad de ingresar en el Coro de Niños del Departamento de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes. Estuve
más de un año, pero salí porque me estaba cambiando la voz. En esa época mi madre volvió al Coro de la Ópera y así
pude trabajar mucho tiempo como comparsa. Siempre estuve en contacto con la ópera. Incluso, me acuerdo que los
Reyes Magos no me traían juguetes, sino discos de ópera, lo que hoy agradezco y celebro.
—Tenías aspiraciones de cantante, supongo…
—Yo quería ser cantante de ópera. De hecho, empecé a estudiar canto, pero me casé muy joven y o trabajaba o
estudiaba. No había manera de combinar ambas actividades. Como la familia ya venía en camino, me dediqué a laborar
en cosas que nada tenían que ver con la ópera. No obstante, en 1985 entré a trabajar al INBA como bibliotecario del
Coro del Teatro de Bellas Artes.
Además de las circunstancias, considero que no tenía la disciplina para ser cantante. Es curioso porque Héctor, mi
hermano, que originalmente quería dedicarse al piano, terminó cantando. En cualquier caso, comprendí que mi
aportación a la ópera podía venir por el lado de la investigación.
—¿Cómo surge tu inquietud por la investigación operística?
—En nuestro país existían, existen, una buena cantidad de baches dentro de la investigación musical, operística en
este caso. Cuando se publicó el libro 50 años de ópera en México de Carlos Díaz Du-Pond, para todos era básico,
aunque no se trataba de una cronología exacta, él mismo lo advierte y lo dijo muchas veces: eran más bien sus
memorias, sus recuerdos. No consignó todo lo que se ha hecho ni pretendió dar cuenta exacta de todas las actividades.
A partir de ese punto, se me ocurrió la idea de empezar a realizar fichas con elencos completos. Investigué en la
hemeroteca lo que Díaz Du-Pond no había consignado y así fue como empecé a descubrir un mundo importantísimo y
maravilloso. Dos siglos de ópera en México fue mi primer libro, que hice en colaboración con Mónica Escobedo, y data
de 1988. En realidad, tiene una buena cantidad de errores porque lo hicimos a la carrera. Pero bueno, fue nuestro
noviciado.
Ese libro, como casi todos los que he hecho, se publicó gracias al apoyo de Eduardo Lizalde. Él siempre ha tenido la
gentileza de procurar que mis trabajos se vean impresos: los que hice sobre la ópera en Guadalajara y el más reciente,
el Diccionario de la ópera mexicana, que presentamos hace poco.
Con mis libros, he aportado lo poquito que he podido, pero desde luego que falta mucho por hacer. Y no es que lo
tenga que hacer yo precisamente. Otros investigadores pueden emprender también esa tarea.
El problema es que yo no tengo una actividad como investigador. No me dedico a ello. La mayoría de mis libros los he
hecho por mi cuenta, con la seguridad de que algún día interesarán a alguien para ser publicados, pero nada más.
Por ello repito que vendrán otros investigadores a completar el trabajo. Y quisiera ser muy enfático: al hablar de lo que
yo hago, no quiero decir que sea lo único ni lo mejor, pero sí considero que es lo más serio posible. Toda la
investigación que hago es rigurosa y proviene de fuentes hemerográficas checadas y rechecadas.
—Como investigador o como aficionado con interés de documentar lo que ha sido la historia lírica de México, ¿cuentas
con algún tipo de beca, algún pago o lo haces por amor al arte?
—Por amor al arte. He tenido una sola beca en mi vida, en 1993, gracias al apoyo de Eduardo Lizalde, para hacer un
diccionario de cantantes, que al final se llamó Ópera en Bellas Artes, libro que se publicó en 1999. De ahí en fuera, nada.
Todas mis investigaciones corren por mi cuenta, en los horarios que me permite el trabajo. Básicamente investigo muy
temprano. En República del Salvador, en lo que son los terrenos donde estuvo el teatro Arbeu, hoy está la biblioteca
Lerdo de Tejada. Acostumbro investigar por las mañanas, con ayuda de una cámara digital. Tomo fotografías de todo
lo que me interesa y me lo llevo a casa para también poder trabajar desde ahí. Pero en sí, no he tenido apoyo, desde
93, en que tuve la fortuna de contar con la beca del Fonca, y nada más.
Ese trabajo de investigación ha sido bien visto por gente como Eduardo Lizalde o instituciones como la Secretaría de
Cultura de Jalisco, el INBA y Conaculta, de manera que llegado el momento viene la publicación. No he tenido que luchar
en ese aspecto. Es decir, cuando tengo un libro, me presento, explico porqué es importante mi trabajo y pregunto si
les interesa publicarlo. Hasta el momento, he tenido el interés de quienes se encargan de publicar.
—¿Cómo armas tu plan de trabajo? ¿Cuál es tu metodología?
—Metodología no tengo. O diré que tengo una que quizá no sea la más correcta o la que usen otros investigadores,
pero que me ha funcionado. En el caso del Diccionario de la ópera mexicana, de repente comencé a juntar fichas.
En un principio, procedí por orden alfabético por ópera. De tal manera que se repetía mucho, por decir algo,
Melesio Morales, porque es un compositor que tiene un número considerable de óperas. Entonces, se me ocurrió
hacerlo al revés: en orden alfabético por compositores y anotar qué óperas tienen. Al preguntarme cómo podía detallar
más estas fichas, decidí que era necesario incluir la cantidad de datos más grande que se pudieran conseguir. Y así
quedó: ópera en tantos actos de Fulano con libreto de Zutano, cantada en tal idioma, de tanta duración, con tales
personajes de tal tesitura, dotación orquestal si es el caso, sinopsis, y de las ya estrenadas un par de reseñas de la
época. De esta manera, en el libro hay fichas muy amplias que detallan las obras, pero también hay fichas escuetas de
las que sólo se puede decir que están inéditas, o no estrenadas, inconclusas o perdidas.
En ese sentido, recalco que mi trabajo es perfectible y se puede completar en algunos años, si el libro se vende y tiene
buena acogida. Para entonces se deberá consignar las óperas que se sigan componiendo o las que se estrenen,
porque otro paso está en localizar muchas de las partituras del siglo XIX y XX que no se han estrenado. Esto es lo que
logré reunir con mi metodología, al consultar y corroborar qué dijeron los periódicos, y desde luego revisando que los
elencos citados estuvieran correctos, porque a veces resulta que no hubo función o que fueron tres con diferente
elenco o sustituciones de último momento.
—Quienes consultan tus libros encuentran en ellos confiabilidad y certeza en la información que manejas.
Esto no es pura casualidad…
—Hay que ser muy disciplinados y rigurosos al investigar. Para algunos, quizá pueda ser más cómodo transcribir tal
cual los programas de mano para ahorrarse tiempo y trabajo, que se debería invertir en comprobar si las funciones se
realizaron o no, si las cantaron los artistas anunciados originalmente y en consultar qué opinó la prensa.
Lo que yo suelo hacer es balancear mis registros con dos o tres crónicas sobre lo que sucedió en las funciones.
Ese trabajo da la confiabilidad, la certeza de la información que contienen mis libros.
Básicamente es un trabajo hemerográfico.
—El conocimiento musical, operístico en particular, nunca está de más…
—Sí, bueno, con los años puedes aprender, por ejemplo, que las oberturas no se cantan, ni los intermezzos.
Esos son los aspectos que por descuido o desconocimiento o porque sólo agarran un programa de mano, no creo
que por mala intención, se consignan en otros libros. Hay que tener mucho cuidado, porque si esos libros llegan a las
manos de un joven que empieza a adentrarse en el mundo de la ópera, lo van a confundir o de plano a falsearle las
cosas. Y no se trata de eso.
Un buen libro tampoco lo hacen las fotografías. Por cierto, todas las que aparecen en los libros que he publicado son
mías: yo las busco y las escaneo. Siempre procuro hacer el trabajo más serio y confiable posible.