
Foto: INBA
Posteo mi crítica de Diálogos de Carmelitas, producción del Colón de Buenos
Aires presentada en BA. En realidad, poco tuve qué decir de una puesta en escena
bien montada en general, que sin embargo no representa, a mi juicio,
trascendencia alguna en la actividad operística de México, cada vez más
estreñida y caracterizada porque ciertos funcionarios públicos de la CNO
encargados de producirla se revisten de intolerancia crítica a la
crítica.
En lo personal, pienso que la única manera válida, prestigiosa y
contundente de acallar a la crítica, de donde ésta surja: de los medios de
comunicación, del seno artístico, de dentro de las mismas instituciones, es
realizando un trabajo que brinde resultados positivos incuestionables. O al
menos intentándolo, con transparencia. Otras formas sólo demuestran la
incapacidad de las autoridades aludidas para enfrentar sus encomiendas,
subrayada precisamente por esa apetencia de silenciar las voces críticas en
quienes, quizá, encuentran un espejo.
Diálogos de Carmelitas en Bellas Artes
Por José Noé
Mercado
Los pasados 2, 4, 6 y 9 de septiembre se presentaron funciones de
Diálogos de Carmelitas de Francis Poulenc en el Teatro del Palacio de Bellas
Artes. Como resulta difuso entender el crédito de si las presentó la Compañía
Nacional de Ópera o el Teatro Colón de Buenos Aires, evitemos puntualizar en
ello.
La dirección escénica de Marcelo Lombardero fue bastante lograda,
con un desenvolvimiento de la trama bien planteado. Su trazo tuvo claridad e
intención dramática en todo instante. La iluminación de Roberto Traferri
contribuyó para dar relieve a los doce cuadros, que conforman los tres actos de
esta obra estrenada en La Scala de Milán, en 1957.
Lástima que todo el
tiempo viéramos la acción —y al decir la acción, entenderemos que en cuanto a la
escenografía de Diego Siliano hay poco qué decir fuera de algunas paredes y dos
o tres cacharros, en ciertos casos simbólicos—, a través de una gasa, que si
bien sirvió como pantalla para mostrar algunas proyecciones que sugirieron
atmósferas y contextos al comienzo de cada cuadro, asimismo hizo pesada la mira
del espectador sobre el escenario.
Lo cual en muchos momentos resultó
tedioso, pues esta obra, al margen de su belleza musical y su notable
construcción armónica, no es justamente ejemplo de aquello que prenda la
atención constante del público. ¿O cómo explicar los durmientes que de nuevo se
encontraron entre la mediana asistencia de público a Bellas Artes? Claro que
otros sectores salieron fascinados de la ópera. Pero no todos, puesto que unos
siguieron sin encontrar algo en la trama de qué agarrarse, una historia
pasional, cercana, propia, que los atrapara, crítica que ha acarreado esta obra
a lo largo de su historia.
En la parte vocal masculina, debemos destacar
la participación del tenor Dante Alcalá como el Caballero de la Force y del
barítono Jorge Lagunes, como su padre, el Marqués de la Force, sin perder de
vista que este tipo de papeles no son los que más aportarán a sus respectivas
carreras. Lo mismo puede decirse de una serie de artistas comprimarios
indistinguibles, entre la muchedumbre, que deambulaban por el
escenario.
Entre las damas, Amelia Sierra como Madame Lidoine mostró las
posibilidades contundentes de su instrumento; Patricia González como Blanche,
Vera Cirkovich como Madame de Croissy y Adriana Mastrángelo como María de la
Encarnación, lograron una muy buena interpretación, sobre todo en las partes
dramáticas, aun con el pero de que por momentos llegaron a cierta estridencia
innecesaria.
El vestuario de Luciana Gutman funcionó en su diseño, si
bien algunas carmelitas que asistieron a una de las funciones advirtieron que
los colores en los hábitos no coincidían con los verdaderos que ellas usan.
Quizá fue una licencia para efectos escénicos y lumínicos. En realidad, nada
grave.
Por lo que se refiere a la parte musical, Stefano Lano ofreció una
extraordinaria interpretación al frente de la Orquesta y el Coro del Teatro de
Bellas Artes, este último preparado por Pablo Varela. Lano extrajo sutilezas,
brindó equilibrio y, por mucho, dejó una impresión superior de la que mostró con
la Orquesta del Teatro Colón en su debut en la Turandot del Auditorio Nacional,
en días pasados.
En resumen, puede ponerse una estrella a esta producción
importada de Buenos Aires, Argentina, pero a la Compañía Nacional de Ópera, al
menos en su nulidad de producción propia que genera malos aires para el quehacer
lírico nacional, tendríamos que darle, en palabras célebres de Chabelo, “una
espantosa X”.
11 de Octubre del
2007
jonomerc@operacalli.com