Don Giovanni en el Teatro de la
Ciudad
Posteo mi crítica sobre el Don Giovanni en el Teatro de la Ciudad. Algunos la esperaban hace días. Se acabó la espera. Las fotos me las mandó un amigo al que se las mandó un amigo que participó en la ópera. Creo que sirven para ilustrar. Si tienen algún crédito, pueden hacérmelo saber para consignarlo. Mientras, uso el derecho de circulación de la red.
Ah, y al final incluyo el trailer de esta producción, al que hago referencia en mi texto. Me gustó, más que el trailer en sí mismo, el concepto de haberlo hecho. No es común en la ópera mexicana y, la verdad, no les quedó mal. De hecho, les quedó mucho mejor que la ópera.
Don Giovanni en el Teatro de la Ciudad
x José Noé
Mercado
Piénsalo así. Esa sensación que se experimenta al escuchar una Traviata en
alemán, un Tristán en italiano, un Rigoletto en inglés o ahora una Carmen en
mapuche, es lo que tú sentiste en el Don Giovanni de Mozart que presentó el 25
Festival de México en el Centro Histórico en coproducción con la Compañía
Nacional de Ópera. Sí, el del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, 12, 15, 19 y
22 de marzo.
Te decía, te digo, eso fue lo que sentiste ahí, sentado en tu palco del
primer piso. En rigor, sí presenciaste Don Giovanni, la escuchaste, pero, al
mismo tiempo, no te cuadró: te la cambiaron, de algún modo. Y consideras que si
sabe a otra cosa, es como si no la hubieras escuchado. No fue la que tú conoces.
¿O sí? Dudas, pero en el fondo sabes de lo que hablo porque tú eres operista.
Has escuchado Don Giovanni muchas veces antes, la has visto y aplaudido en
diversos teatros. La conoces bien. Es tu ópera favorita. La de muchos. Pero esta
vez, casi, te durmió.

Es verdad. Este Don Giovanni se cantó en italiano. Como es. Aunque
la sensación de La traviata en alemán o demás ejemplos igual no desaparece. Te
preguntas por qué. La música. La dirección, los cantantes. La forma de
interpretar. Ahí, supones, está la respuesta. A ver, paso a paso.
La música sí se dio a partir de la partitura. Las notas de Mozart se hicieron sonido. Pero los tiempos pesados y lentos, no a la contundente imagen y semejanza de Furtwängler por ejemplo, sino a la manera incolora, desangrada e inexperta en este autor y repertorio del concertador británico Philip Pickett, al frente de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, cambiaron todo. Con tiempos rápidos en los que debía ir lento, lentos cuando debía acelerar. No le halló la forma ni a un minueto.
La lectura del director fue plana desde la obertura y le robó a la música esas sinuosidades de galantería, de festividad excedida, de melódico drama jocoso que se despliegan en esta ópera que Kierkegaard defendió como la mejor obra de arte jamás realizada.
Ahora no pienses en idioma del libreto, en realidad no estás hablando de eso,
sino en lengua musical y de cualquier manera el resultado es el mismo: la
sensación pegajosa e incómoda del Tristán en italiano o el Rigoletto en inglés,
musicalmente hablando. Por eso, la intención, la imagen musical de este Don
Giovanni fue muy distinta, y te hizo pensar más de una vez que estabas
escuchando un madrigal o algún otro género renacentista. Fuera de lugar, cero
qué ver, tratándose de este caso.

Así, lo sabes ahora, la sustancia sonora de este Don Giovanni estaba
desde un inicio más condenada que al final Don Giovanni. Todo, por seleccionar
inadecuadamente al director musical para esta producción. Apto, o al menos
conocedor, en el repertorio antiguo, pero con escasa competencia en Mozart, cuya
música planchó.
Pickett afirmó en el trailer con el que promocionaron este montaje que ésta
es la mejor producción de Don Giovanni de la historia. Eso te pareció, es, una
falsedad. Una boutade, una argucia para pasar gato por liebre, manía por lo
demás muy propia de la Compañía Nacional de Ópera en tiempos recientes. O una
ignorancia extrema, como suele decirse, irreverente y atrevida, de la que por
fortuna ni tú ni buena parte del público operista de México forman
parte.

La puesta en escena, en la que intervinieron, como leíste consignado en
el programa de mano, muchos más asistentes, realizadores, diseñadores y actores
que cantantes, correspondió al debutante en el género Mauricio García Lozano,
quien comenzó por ilustrar la obertura, ya que ni a Mozart ni a Da Ponte, faltos
quizá de talento o imaginación, se les ocurrió nunca hacerlo. Y te consta que
esa ilustración, además, fue moneda falsa y superficial.
Usar a un actor porno ejerciendo su oficio, o simulándolo, que es peor, con
todo tipo de mujeres para, justamente, dibujar las andanzas de Don Giovanni es
una lectura simple y apresurada de esta obra. Como si tú como público fueras
Donna Elvira y necesitaras una entrega del aria del Catálogo
ilustrado.

Tú entendiste que el director de escena quería provocar, buscaba
polémica. Es un viejo truco para darse notoriedad en el que no caíste. Porque,
uno, Don Giovanni no es un Dirk Diggler o un Rocco Siffredi, aka El semental
italiano. Basta poner un mínimo de atención a la trama para darse cuenta que Don
Giovanni, en realidad, no puede conquistar a nadie, ni a una campesina. Aunque
por supuesto quiere, lo necesita. Más que un consumado semental, es un personaje
profundamente trágico, al que vemos en escena en un fracaso tras otro. Y, dos,
porque ese tono porno no fue consistente a lo largo de la función. Para ello
habría que atreverse no a escandalizar sino a ser congruente, que es todavía más
complejo. Lo soft, lo fresa, comenzó una vez que concluyó la obertura ilustrada,
con un Don Giovanni púdico, ya con ropa interior. Y así se mantuvo, incluso si
pensamos en que mostraba el pecho o en el final del primer acto en un conjunto
topless que disolvió al verdadero disoluto o en la cena con el Comendador, en la
que casi se sienta, o arrima su pubis, sobre un cisne, símbolo ambiguo de lo
fálico o lo femenino, lo depravado o lo homosexual, lo puro, la belleza o lo
virginal, dependiendo de la interpretación.
Lo que sí reconoces es que el trazo de Maurico García Lozano fue
dinámico. Hubo mucho movimiento acertado, buena dirección, con los artistas.
Aunque el concepto, en general, no aportó gran cosa para impedir el sopor de una
escena más bien oscura, cansada de ver. Y, lo que es peor, a veces tanto
movimiento terminó por distraer, por interrumpir al solista que, en algunos
casos, debe estar en escena precisamente solo.

Aunque te reconoces fan de Jorge Ballina, a quien sin duda ubicas como
uno de los dos mejores escenógrafos mexicanos en la actualidad, esta vez su
propuesta te distrajo por su protagonismo. En aras de funcionalidad y dinamismo
y variedad en la perspectiva del espectador, la escenografía no se quedó quieta
y los tramoyistas se metían una y otra vez a cuadro escénico, incluso a la mitad
de las arias, para darle vuelta a una especie de plataforma-carrusel sobre la
que se desarrolló la acción, o para formar muebles, tumbas, espejos, dinteles o
balcones, todo muy abstracto, a partir de una especie de concepto camas-lego. Un
concepto, pensaste, que más allá de su funcionalidad, no le importó ser feo,
poco agradable a los sentidos, como también consideraste la iluminación de
Víctor Zapatero, que se limitó a esto: luces blancas sobre cuadrilátero
ajedrezado. Dónde dejó Zapatero su probado talento, cavilabas durante la
soporífera función para no dormir como muchas personas a tu
alrededor.

Del elenco apocado poco te apetece decir en un ambiente en el que muchos
se han mostrado xenofóbicos y chauvinistas, quizás porque ante tan escasas
oportunidades para ver ópera en México quisieran más presencia de talento
nacional. Pero el talento no se clasifica por nacionalidades, y lo sabes. En
este Don Giovanni, consideras, tanto el extranjero como el mexicano escaseó. Tan
limitados unos como los otros, te dijeron miembros de la producción. Y sí.
Aunque, por supuesto, hay matices.

Esto es lo que consideras: el estadounidense Chistopher Schaldenbrand fue
un Don Giovanni sin protagonismo vocal, con un timbre que se decoloraba hasta
parecer tenor. La rumana Catarina Coresi como Donna Anna, estridente, con
ataques abiertos y un vibrato desagradable por destemplado. La canadiense Kymi
McLaren, como Donna Elvira te pareció lo más rescatable, con una voz lírica y
musical, en completo estilo. El ruso Mikhail Kolelishvili cantó un buen
Leporello. Pese a su dicción para nada italiana, le entendiste cada frase y no
se hizo el gracioso en su personaje, lo que es de agradecerse. Tres mexicanos:
Raúl Hernández, Don Ottavio, se anunció enfermo y ése, como sabes, es por igual
el principio del perdón o la debacle. Lucía Salas es una linda Zerlina, de voz
discreta en volumen y Jesús Ibarra un joven con buen instrumento aún sin pulir,
lo que sirvió en este caso para Masetto. El brasileño Luiz-Ottavio Faria posee
una voz robusta de bajo, efectiva pero sin foco.
Nada especial, como pudiste comprobar, en este elenco. Nada memorable en esta producción, en la que entre el FMCH y la CNO se gastaron poco más de seis millones de pesos. Se vale, te dices, pero ¿este Don Giovanni los vale? Tus amigos mozartianos siempre afirman que Mozart lo aguanta y resiste todo. Tú, desde que abandonaste el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris y caminabas por la calle de Donceles, lo dudas. Y no por Mozart, sino por la idea de un decepcionante Don Chafanni. De un Don Güevanni. De la que hoy todos hablan. O casi. Tú ya no.
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