
Foto: Ana Lourdes Herrera
El martes 14 celebramos el segundo panel del ciclo Criticando a los
críticos, que organiza Pro Ópera A.C. en el Club de Industriales. Esta vez el
tema fue el Crítico y su entorno. Participé con Lázaro Azar, Raúl Díaz, Luis
Gutiérrez Ruvalcaba y Manuel Yrízar, y Charles Oppenheim fue el
moderador.
Por lo demás, y sin que esto sea una reseña, diré que de lo
dicho por mis colegas me llamó la atención lo siguiente: Luis Gutiérrez
Ruvalcaba hizo notar que la crítica es mucho más que un género periodístico.
Estoy de acuerdo. Totalmente. Y puso a la misma ópera, a las obras de Gluck y
las de Wagner y las de Strauss, como ejemplo de obras que critican diversos
elementos, estilos, costumbres, etcétera, dentro de la misma historia
operística. Raúl Díaz afirmó, entre otras cosas, que en los medios de
comunicación masiva toleran, sólo eso, al crítico de ópera, ya que en general
ningún medio escrito, radiofónico o televisivo, tiene entre sus filas a un
crítico especializado en el llamado espectáculo sin límtes. Claro que hay
honrosas -y no tan honrosas- excepciones (aunque lo que está entre guiones no lo
dice Díaz, sino yo). De Lázaro Azar me quedó lo importante que resulta en
ocasiones jalar en público las orejas a los artistas, directivos y hasta
editores cuando la situación lo amerita en beneficio del arte que se critica y
del público que lo presencia. De lo que dijo Manuel Yrízar mejor no hablar. Por
el momento.
Yo escribí y leí un ensayo que fue una auténtica provocación,
más que nada por lo extenso (a juicio de algunos asistentes al panel que así me
lo señalaron: en ese sentido me llevé mi jalón de orejas: entre críticos me
vea).
Aunque no podía ser de otro modo. Si no se exponen algunos aspectos sobre la
crítica de ópera en un panel especial sobre la crítica de ópera, ante críticos
de ópera y frente a aficionados operísticos, ¿entonces dónde? Y además qué tanto
son cuatro cuartillas y media, sino diez minutos.
Bueno, ya. Posteo mi
ensayo, que a otros pareció interesante. E incitador a su lectura y reflexión.
No sé. Tal vez. Pudiera ser. Aquí va, en todo caso:
El crítico y su entorno
Por José Noé
Mercado
Nadie se sorprenda si afirmo que la crítica de cualquier arte es mucho
menos, pero también mucho más, de lo que la gente supone de
común.
¿Sugiero entonces que el crítico y su ejercicio profesional es
visto, y así malentendido, con cierto grado de mitificación?
Sí: justo
eso es lo que quiero decir. Montados en definiciones de diccionario y conceptos
idealistas y estéticos que poco nos dicen fuera de la teoría, no llegaremos muy
lejos en el camino para comprender el ejercicio diario de la crítica, el real,
que ni siempre es ejercido por petulantes escultores de verdades absolutas, ni
siempre es abordado por artistas frustrados en el arte que critican.
La
crítica (sea periodística o académica) es el género subjetivo por excelencia, es
decir, uno que siempre estará condicionado por el sujeto que lo escribe y su
mirada particular del mundo.
Se me ocurre suponer que llegados a este
punto ya se habrán dado cuenta de que hablo del crítico y su entorno
precisamente desde mi propia subjetividad. Nunca está demás advertirlo, sobre
todo si consideran que así es como me permitiré esbozar algunas inquietudes
sobre esta herramienta del pensamiento que es el ejercicio de la crítica de
música y de ópera. De todo arte: La crítica, ante todo, es un instrumento
cultural elaborado desde su misma época. Así puede entenderse porqué no existen,
ni existirán, los juicios definitivos en gustos, técnicas, o estructuras en la
obra o interpretación que se valora. En ocasiones, sólo a través del tiempo se
sabe si perdura aquello que lo merece. Pero a veces ni siquiera lo que merece
permanecer se salva de las fauces del tiempo.
Y es justo esta
contemporaneidad a la que está ceñida toda crítica, la que me hace plantear que
la mirada del crítico siempre debe ser fresca, nueva, inquieta, joven, si es que
quiere aportar algo al arte que critica.
Porque aquí entre nos: hoy hacer
una crítica de Mozart o Verdi o Janacek, o Corelli o Callas o Björling, de todos
los artistas del pasado, es una labor muy sencilla y en buena medida carece del
riesgo y valor inherente que implica lanzar al mundo una buena crítica. ¿Pero
qué decimos hoy del quehacer artístico que nos toca presenciar, de las obras y
las interpretaciones, de los contenidos, de los fondos y las formas del arte
lírico contemporáneo? Ése es el verdadero campo de acción de un crítico de ópera
vivo. Ningún otro. ¿Pero la crítica de ópera es un género actualizado o abrazó
una tradición que se hace vieja y así ella misma se volvió decadente? ¿Nos
asumimos críticos o nos disfrazamos de villamelones o cronistas que opinan para
enredarnos y enredar el entorno y eludir las responsabilidades de nuestros
juicios? Estas preguntas me las hago yo mismo, pero desde luego quiero
compartirlas con ustedes, porque quizá juntos lleguemos a respuestas más
satisfactorias de las que tengo en este momento.
Y ya que hablo de
juicios, ¿cómo puede ser válido un juicio, una opinión, o lo que es lo mismo:
cómo no caer en el juego de que toda opinión y juicio es respetable y tiene
validez, en plena posmodernidad, un tiempo y espacio ambiguo y relativo en el
que según los teóricos los seres humanos dejamos de creer: en ideologías, en
instituciones, en valores tradicionales, en nosotros mismos y hasta en los
propios escépticos? (como se habrán podido dar cuenta la semana pasada, si ahora
salimos con conceptos tan hermosos cuanto cursis como la belleza y la bondad o
lo sublime, lo más probable es que la gente nos mire con cara de what?, entre
otras razones porque las referencias filosóficas que nos han legado Kant,
Schopenhauer, Nietzsche y algunos otros apóstoles de la estética moderna, es
decir: vieja, hoy difícilmente son algo más que poesía y los poetas, como enseña
Zaratustra, siempre mienten).
Así, en medio de semejante hoyo negro de
incredulidad, en el que por otra parte todo se puede creer, desde el célebre
Credo de Wagner (¿recuerdan eso de “Creo en Dios en Mozart y en Beethoven”?),
hasta las esotéricas ayudas de Madame Sasú, no puedo más que ser posmoderno y
salirles con una serie de creencias particulares:
Uno: Creo que la
crítica es, como dijera Tomas Sterns Eliot, una actividad instintiva de la mente
civilizada.
Puede ser entonces un instrumento cultural, una herramienta
del pensamiento, aunque eso no lo crea Eliot, sino yo.
Dos: Que podemos
creer en la crítica como un género de opinión, que vale más o menos, de acuerdo
a su argumentación formal, lógica y profesional, que lanza un juicio de valor de
acuerdo al conocimiento, intuición y perspectiva de quien la escribe respecto de
aquel arte del que escribe (porque hay que decirlo: toda crítica que aspire a
ser tomada en serio debe sentarse por escrito).
Tres: Creo igual que la
crítica puede ser escrita por un periodista, por un escritor literario o poeta,
o bien por alguna persona que tenga la formación artística que valora, pero en
todo caso debe partir de un interés particular por el objeto o sujeto que
critica. Un crítico auténtico es en esencia un fan de aquello que critica. Un
fan es genuinamente entusiasta en sus motivaciones: él mejor que nadie sabe
cuando una obra, un intérprete, un director, le convence con su trabajo
artístico y cuando no. Y sobre todo, sabe o intuye porqué. A un fan de adeveras,
en el fondo, nunca se le puede engañar.
Cuatro: La crítica, he dicho, es
un género de opinión que debe ser argumentada. Es también un género persuasivo y
de autor. Creo que la personalidad y el estilo del crítico debe manifestarse en
la crítica. Ese punto personal, esa mirada particular del autor de la crítica
respecto a lo que critica, al arte en general, a la vida, es lo que proyecta una
crítica, crítica que por lo demás puede ser un libro entero o bien algunos
cuantos caracteres. No una verdad irrefutable, sino una perspectiva, entre más
sólida y conocedora mejor, es lo que sin dogmatismos debe argumentarse. Todo
elemento del quehacer cultural es un ingrediente para la argumentación: los
libros, los estudios académicos, la discografía, los medios de comunicación
masiva, los viajes y un largo etcétera, entre ellos. Depende de cada crítico su
uso y abuso, de su mayor o menor arte, para fundamentar sus opiniones y así
persuadir a sus lectores de su mirada, de su juicio, de su interpretación de la
realidad.
Cinco: Creo que la crítica que se publica en cualquier medio
formal, o no tan formal: pero casi, confiere al crítico un coto de poder a fin
de cuentas, y por ello lo escrito debe ser honesto, con lineamientos éticos
definidos y al mismo tiempo insobornable. Aunque toda crítica surge de la
subjetividad, al momento de ser plasmada debe ser completamente objetiva. O lo
que es lo mismo: el juicio es subjetivo, las motivaciones profesionales y
éticas, la honestidad, eso sí que es pura objetividad. El crítico puede
equivocarse, puede apostar por aquello que quizá no haya valido la pena, aunque
eso sólo con el tiempo se sabrá, puede pasar por alto algún detalle, puede
incluso ser un tanto empecinado al momento de fundamentar lo que escribe y aún
así no ser deshonesto, sino seguir siendo íntegro, pero lo que no puede ser es
un mentiroso, ni un vendido.
Cinco: La crítica no consiste en acuchillar
a un intérprete o una obra. No se trata, creo, de ninguna crucifixión (con x), y
menos de una crucificción (con doble c). Es decir, no creo en los sicarios de la
crítica que descuartizan a los que consideran sus enemigos, ni tampoco en los
laudatorios críticos que escriben para granjearse los favores de sus amigos, que
en el peor de los casos ni siquiera lo son.
Seis: La experiencia, en
ocasiones, sirve para seguir ejerciendo la crítica. Pero no creo, no creo y es
más: no estoy convencido de que el paso de los años en sí mismo le dé las
herramientas a un crítico para afinar la puntería de sus opiniones. De hecho,
considero que los críticos o sus miradas pueden tener una fecha de caducidad, si
como ha dicho el periodista, escritor, ex crítico y hoy cineasta, Alberto Fuguet
“el crítico opta por dejar de ser un creador y se conforma, ya desde la paz
interior o desde la frustración y la mala leche”. En ese caso, recuerdo que
decía Fuguet, los críticos deberían ser como los Niños Cantores de Viena: a
determinada edad deben retirarse. Cabe aclarar que no hablo de una edad
fisiológica, sino de una de perspectiva de ella entendimiento del acontecer
artístico que se avejenta, que se arrancia y se atrofia, y vicia lo que de emana
Siete: Creo que la crítica sirve o no sirve para algo, dependiendo de los
horizontes intelectuales de quien la lee. No quiero ahondar en el valor y
utilidad de una crítica, porque eso sería menospreciar las capacidades de mis
lectores. Sólo quiero acotar, en todo caso, que como dijera Henry James “el
crítico puede ser un cofrade del artista, un aliado, un intérprete, un hermano,
pero lo es a la vez del público”. El crítico separa, desde su perspectiva, el
trigo de la paja, como señala el periodista y teórico chileno José Ignacio
Silva, y también se encarga de señalar los granos más selectos del granero y por
qué éstos y no otros. Milan Kundera señala algo parecido al afirmar que la
crítica identifica aquello que es arte y desenmascara lo que es sólo kitsch, es
decir, gato por liebre. La crítica es necesaria dice Kundera, porque si todo en
la vida fuera una obra de arte, y no necesitara del crítico para emitir un
juicio al respecto, entonces para qué las obras de arte.
Ocho: La
crítica, creo, tiene una dignidad propia y no debe conformarse con sólo ser una
actividad
subvencionada y accesoria del arte que critica, como al parecer se señaló
aquí mismo la semana pasada, al menos por omisión. La crítica tiene un valor
independiente dentro de sí misma, ya que como dice Phillip Lopate, en la
introducción del libro The critic, “la crítica… es una parte de las letras,
tanto como la poesía y la crónica”. En todo caso, se me ocurre pensar, el
crítico no es el perrillo faldero de lo que critica. Más bien, como igual
observa José Ignacio Silva, “es el lazarillo entre todo el fárrago de libros,
películas, programas de televisión, exposiciones, conciertos, discos, y demás
subproductos de la industria cultural”, lazarillo pues “que llevará finalmente
al lector hacia un lugar u otro, hacia una manifestación cultural específica y
no a otra”.
Nueve: Creo que el crítico nunca debe olvidarse de que juzga
el trabajo de otros, y que ello involucra la sensibilidad, la estima, la entrega
y la personalidad del artista criticado. El artista en su obra, en su
interpretación, muestra su fragilidad como ser humano y ello en sí mismo no
es razón para ser tratado sin tacto, sin respeto e irresponsablemente por nadie
y menos aún por un crítico que más que acribillarlo tiene la obligación de
comprender lo que hace, cómo y porqué, para después explicarlo al público. No
hablo de ser complacientes como crítico, sino de que es necesario comprender que
la crítica ni es una hoguera, ni tampoco una AK-47. Quizá, como afirma el
escritor argentino Ricardo Piglia, “la crítica es la forma moderna de la
autobiografía”, es decir, en aquello que se juzga, el crítico sólo encuentra lo
que es él mismo y lo que sabe y tiene.
Diez: La periodista Mónica
Maristain en lo que sería la última entrevista hecha al considerado mejor
escritor en lengua española de las últimas décadas, Roberto Bolaño, le preguntó
si había derramado alguna lágrima por las múltiples críticas recibidas de sus
enemigos.
Bolaño, genial e irónico siempre, respondió: “Muchísimas, cada
vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el
suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo
menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis,
está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos
antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por
qué yo, que ningún mal les he hecho?”.
Ésta respuesta, viniendo de un
personaje que ha recibido críticas inmejorables y que al mismo tiempo ejerció la
crítica inteligente dentro y fuera de su obra, porque su vida misma fue una obra
marcada por la crítica, me parece la mejor forma de acercarse al ejercicio y
resultado de la crítica. Es decir, aunque sea importante, en el fondo tampoco
hay que tomársela tan a pecho, sin olvidar, eso sí, las palabras del también
escritor Javier Cercas: “Si la crítica literaria se va al garete, la literatura
la seguirá después”. Cercas habla de la literatura, pero yo creo que es
aplicable a todo arte. Al operístico por ejemplo. Y para concluir, es posible
reflexionar también una observación que sobre este particular dejó escrito en mi
blog mi colega Lázaro Azar, y que me parece lejos de toda ociosidad dado nuestro
panorama cultural en estos momentos: “¿Cercas”, preguntó Azar, “hablaba de
garete o retrete?”.
17 de Noviembre del 2006
jonomerc@operacalli.com