El murciélago en Bellas Artes
Por José Noé Mercado


Llegó a su fin la Temporada 2006 de la Compañía Nacional de Ópera y también el sexenio lírico en el pretendido máximo recinto de arte en nuestro país. Para cerrar el telón, la CNO presentó en el Teatro del Palacio de Bellas Artes cuatro funciones, los pasados 14, 16, 19 y 21 de noviembre, de la opereta El murciélago de Johann Strauss II.

La puesta en escena de este título de alguna manera resumió el nivel promedio de calidad y el modus operandi con el que desde hace algunos años se viene haciendo ópera en Bellas Artes. La escenografía, firmada por David Antón: a últimas fechas el reanimador de zombis escenográficos por excelencia, fue un emplasto cuya mayoría de elementos procedieron de otros montajes que poco vinieron al caso. Hablar de rigor histórico o estilístico o propuesta es demasiado, cuando lo que de principio queda en duda es su funcionalidad.

La dirección escénica de José Solé una vez más, por si a alguien no le había quedado claro el resultado de sus puestas: al menos las recientes, fue anquilosada. Nada nuevo, con un trazo de movimiento artrítico y tendiendo a las plastas visuales en los números de conjunto. Y dejando la creación de personajes a la buena de Dios o a la iniciativa de los intérpretes, en el caso de que éstos la tuvieran: lo que no siempre ocurrió. La iluminación de Manolo Toledo sufrió varios apagones y lo peor no fue eso, sino el que dos melómanos detrás de mi asiento rumoraran que “qué lástima que no se quedó todo a oscuras, al cabo ni hay nada bueno qué ver”.

Se cantó en alemán y se dialogó en español, con la típica regionalización 4 que al parecer encanta a quienes toman las decisiones. ¿La trama no se desarrolla en Viena, en el 19? Todo se vio de una falsedad difícil de digerir y que para la escena musical, en pleno siglo 21, en realidad es innecesaria y cruel, porque parece que se espeta al público aquel célebre eslogan de Robert Ripley: Believe It or not! Poco raro hubiese sido que esa frase apareciera de vez en cuando en la pantalla de supertitulaje. De hecho, habría sido comprensible, ¿no? Incluso se contó con la actuación de Hernán del Riego, como el Carcelero, quien al parecer se especializa, desde que lo vimos en Candide hace unos años, en seguir los pasos de Palillo, Chatanuga, Caballo Rojas y todos esos cómicos de carpa y teatro de revista que han abordado la morcilla sobre la política nacional. Nada grave, cierto, sólo que éstos últimos no la hicieron en plena interpretación de El murciélago, ni orinaron en una jofaina en la que alguien después se lavaría, ni amagaron guacarear hacia el foso de la orquesta, ni, en resumen, se veían offside, como Del Riego (quien como puede suponerse: hay que decirlo en justicia de su buena actuación, su sketch, término derivado, como se sabe, de lo kitsch, fue lo más entretenido de la noche).

Y siguiendo con los fueras de lugar, los invitados a la fiesta del príncipe Orlofsky: Janet Paulus y Mercedes Gómez, correctas arpistas que requerían definitivamente un concierto aparte y ante público ad hoc para así no aburrir, como lo hicieron, a los espectadores, incluido el elenco, de esta opereta, que presenciaba bostezando sus lides artísticas.

Vocalmente se contó, en general, con un reparto apocado y sin lustre. Eugenia Garza, Rosalinde, con agradable centro en su voz, pero con problemas para enfrentar, sin abrir la emisión, el registro alto, lo que se traduce inevitablemente en estridencia. No se sabía a fondo la partitura y eso se notaba incluso en su inseguro desenvolvimiento histriónico. Si esta cantante mexicana de verdad se empleara al máximo para pulir su técnica y se concentrara lo suficiente para compenetrarse con la obra y los personajes que aborda, tendríamos a un artista de muy buen nivel, pues cualidades nunca le han faltado. Pero hasta que no llegue ese día, si llega, en que se decida, no pasa de estar en potencia y ofrecer actuaciones intrascendentes, al menos para el público.

En algún momento de la administración de Raúl Falcó se contempló la propuesta del maestro Enrique Ricci de contar con Ramón Vargas y Francisco Araiza para este Murciélago (que como se entiende llevaba años planeándose). Dichas participaciones no se concretaron (ni la de Ricci como director concertador), y quizá en la CNO ni siquiera se tomó en serio la idea, aunque se diera coba y se aparentara que sí. En cambio, tuvimos al tenor Mario Hoyos, Alfred, con una emisión apretada y corta, y al supuesto Heldentenor Peter Svensson, Eisenstein, quien nuevamente vino a vender espejitos a quien lo hace compadre. Galló repetidamente, columpió los ataques, en general ofreció un canto imbricado, pero lo que sin duda resultó patético es que lo hayan importado de Austria para que viniera a mal hablar español (aunque quedó claro que no lo hablaba sino que procedió fonéticamente). Eso sí: en lo escénico fue simpático y lo que mejor hizo fue darle sus buenas nalgaditas, o pellizquitos en la zona, a Adele, rol alternado por Irasema Terrazas y Rosa Elvira Sierra.

Terrazas, hoy la soprano consentida de México, salvó su participación gracias a su musicalidad, a su encanto escénico y a su delicioso desempeño histriónico, porque vocalmente tuvo que recurrir al estrechamiento del sonido para intentar conseguir altura en el mismo, lo que no siempre logró, perdiendo así brillo en su voz y libertad y soltura interpretativa. En este momento, Adele resultó un papel de una vocalidad muy alta para Irasema, de los que hacía tiempo no enfrentaba, y en verdad tuvo que esforzarse para salir adelante con el mayor decoro lírico posible. Aun así, no alcanzó el buen rendimiento a que nos tiene acostumbrados, como tampoco lo hizo Oziel Garza Ornelas, Falke, quien se percibió desencanchado y algo fuera de forma.

Armando Gama, Frank, y Grace Echauri, Orlofsky, tuvieron un mejor rendimiento que el resto del elenco; el coro, preparado por Pablo Varela, tuvo disposición musical, lo mismo que el director concertador, Kamal Khan, a quien hace dos títulos vimos también como invitado de la CNO, al frente de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, pero ello no influyó mucho en el balance general de una función tan poco memorable. Aunque pensándolo bien, cuando tanta medianía se fusiona, es difícil de olvidar.


12 de Abril del 2007


jonomerc@operacalli.com