José Octavio Sosa

La memoria operística de México

Por José Noé Mercado


Fotos: © Ana Lourdes Herrera (www.analourdesherrera.com)

*Entrevista originalmente publicada en la revista Pro Ópera añoXIV, número 4, julio-agosto de 2006.

 


Es, sin duda, una especie de disco duro del quehacer lírico nacional. Sin su acucioso trabajo de investigación, la memoria operística de México, seguro, sufriría alzheimer.

José Octavio Sosa Manterola. Ciudad de México, 3 de Febrero de 1962. Investigador e historiador musical. Ha desempeñado diversos cargos en la administración pública y elaborado libros que dan cuenta fiel de la actividad operística de nuestro país.

Fue bibliotecario y jefe de personal del Coro del Teatro de Bellas Artes, coordinador musical de la Compañía Nacional de Ópera, coordinador musical de la Ópera de Morelia, asistente escénico en el Festival Cultural Sinaloa, jefe de personal y gerente artístico de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes y, desde febrero de 2002, es subdirector de la Compañía Nacional de Ópera.

Colaborador de la revista Pro Ópera prácticamente desde sus inicios, ha escrito artículos para suplementos culturales de los periódicos Excélsior, Reforma y El Universal y las revistas Artes Escénicas, Conservatorianos, Amigos de Bellas Artes, Médica de Arte y Cultura y Biblioteca de México. Ha escrito también para los programas de mano de actividades del INBA, de la UNAM, y de la Orquesta Sinfónica de Guanajuato.

Ha publicado los libros Dos siglos de ópera en México —en colaboración con Mónica Escobedo—, La ópera en Guadalajara, Diccionario Ópera en Bellas Artes, 70 años de ópera en el Palacio de Bellas Artes, Diccionario de la ópera mexicana. Igual colaboró en México, su apuesta por la cultura y La ópera mexicana 1805-2002, junto a Ernesto de la Peña, Manuel Yrízar, Gabriela de la Vega y Guillermo Saldaña.

Para conocer con mayor detalle su labor de investigación, José Octavio Sosa conversó para los lectores de Pro Ópera. 

—Sosa y Manterola son apellidos por los que te viene la ópera. Háblanos de ello.

—Asi es. La ópera ha estado en casa desde que tengo uso de razón. Mi abuelo materno, Luis Manterola, cantó algunos años en la Compañía Impulsora de Ópera. Luego, mi padre cantó mucho en las temporadas de ópera nacional e internacional. Mi madre fue integrante del coro durante 30 años. También el recuerdo de la ópera lo tengo presente a través de las grabaciones. Tenía, por ejemplo, un elepé con arias cantadas por Giuseppe Di Stefano y de tanto escucharlo nos lo acabamos. Aunque en casa se oía otros géneros musicales, la tendencia era muy fuerte por la ópera.

Después de vivir un tiempo en Tampico, Tamaulipas, donde falleció mi padre, regresé a la ciudad de México y tuve oportunidad de ingresar en el Coro de Niños del Departamento de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes. Estuve más de un año, pero salí porque me estaba cambiando la voz. En esa época mi madre volvió al Coro de la Ópera y así pude trabajar mucho tiempo como comparsa. Siempre estuve en contacto con la ópera. Incluso, me acuerdo que los Reyes Magos no me traían juguetes, sino discos de ópera, lo que hoy agradezco y celebro.

—Tenías aspiraciones de cantante, supongo…

—Yo quería ser cantante de ópera. De hecho, empecé a estudiar canto, pero me casé muy joven y o trabajaba o estudiaba. No había manera de combinar ambas actividades. Como la familia ya venía en camino, me dediqué a laborar en cosas que nada tenían que  ver con la ópera. No obstante, en 1985 entré a trabajar al INBA como bibliotecario del Coro del Teatro de Bellas Artes.

Además de las circunstancias, considero que no tenía la disciplina para ser cantante. Es curioso porque Héctor, mi hermano, que originalmente quería dedicarse al piano, terminó cantando. En cualquier caso, comprendí que mi aportación a la ópera podía venir por el lado de la investigación.

—¿Cómo surge tu inquietud por la investigación operística?

—En nuestro país existían, existen, una buena cantidad de baches dentro de la investigación musical, operística en este caso. Cuando se publicó el libro 50 años de ópera en México de Carlos Díaz Du-Pond, para todos era básico, aunque no se trataba de una cronología exacta, él mismo lo advierte y lo dijo muchas veces: eran más bien sus memorias, sus recuerdos. No consignó todo lo que se ha hecho ni pretendió dar cuenta exacta de todas las actividades.

A partir de ese punto, se me ocurrió la idea de empezar a realizar fichas con elencos completos. Investigué en la hemeroteca lo que Díaz Du-Pond no había consignado y así fue como empecé a descubrir un mundo importantísimo y maravilloso. Dos siglos de ópera en México fue mi primer libro, que hice en colaboración con Mónica Escobedo, y data de 1988. En realidad, tiene una buena cantidad de errores porque lo hicimos a la carrera. Pero bueno, fue nuestro noviciado.

Ese libro, como casi todos los que he hecho, se publicó gracias al apoyo de Eduardo Lizalde. Él siempre ha tenido la gentileza de procurar que mis trabajos se vean impresos: los que hice sobre la ópera en Guadalajara y el más reciente, el Diccionario de la ópera mexicana, que presentamos hace poco.

Con mis libros, he aportado lo poquito que he podido, pero desde luego que falta mucho por hacer. Y no es que lo tenga que hacer yo precisamente. Otros investigadores pueden emprender también esa tarea.

El problema es que yo no tengo una actividad como investigador. No me dedico a ello. La mayoría de mis libros los he hecho por mi cuenta, con la seguridad de que algún día interesarán a alguien para ser publicados, pero nada más. Por ello repito que vendrán otros investigadores a completar el trabajo. Y quisiera ser muy enfático: al hablar de lo que yo hago, no quiero decir que sea lo único ni lo mejor, pero sí considero que es lo más serio posible. Toda la investigación que hago es rigurosa y proviene de fuentes hemerográficas checadas y rechecadas.

—Como investigador o como aficionado con interés de documentar lo que ha sido la historia lírica de México, ¿cuentas con algún tipo de beca, algún pago o lo haces por amor al arte?

—Por amor al arte. He tenido una sola beca en mi vida, en 1993, gracias al apoyo de Eduardo Lizalde, para hacer un diccionario de cantantes, que al final se llamó Ópera en Bellas Artes, libro que se publicó en 1999. De ahí en fuera, nada. Todas mis investigaciones corren por mi cuenta, en los horarios que me permite el trabajo. Básicamente investigo muy temprano. En República del Salvador, en lo que son los terrenos donde estuvo el teatro Arbeu, hoy está la biblioteca Lerdo de Tejada. Acostumbro investigar por las mañanas, con ayuda de una cámara digital. Tomo fotografías de todo lo que me interesa y me lo llevo a casa para también poder trabajar desde ahí. Pero en sí, no he tenido apoyo, desde 93, en que tuve la fortuna de contar con la beca del Fonca, y nada más.

Ese trabajo de investigación ha sido bien visto por gente como Eduardo Lizalde o instituciones como la Secretaría de Cultura de Jalisco, el INBA y Conaculta, de manera que llegado el momento viene la publicación. No he tenido que luchar en ese aspecto. Es decir, cuando tengo un libro, me presento, explico porqué es importante mi trabajo y pregunto si les interesa publicarlo. Hasta el momento, he tenido el interés de quienes se encargan de publicar.

—¿Cómo armas tu plan de trabajo? ¿Cuál es tu metodología?

—Metodología no tengo. O diré que tengo una que quizá no sea la más correcta o la que usen otros investigadores, pero que me ha funcionado. En el caso del Diccionario de la ópera mexicana, de repente comencé a juntar fichas. En un principio, procedí por orden alfabético por ópera. De tal manera que se repetía mucho, por decir algo, Melesio Morales, porque es un compositor que tiene un número considerable de óperas. Entonces, se me ocurrió hacerlo al revés: en orden alfabético por compositores y anotar qué óperas tienen. Al preguntarme cómo podía detallar más estas fichas, decidí que era necesario incluir la cantidad de datos más grande que se pudieran conseguir. Y así quedó: ópera en tantos actos de Fulano con libreto de Zutano, cantada en tal idioma, de tanta duración, con tales personajes de tal tesitura, dotación orquestal si es el caso, sinopsis, y de las ya estrenadas un par de reseñas de la época. De esta manera, en el libro hay fichas muy amplias que detallan las obras, pero también hay fichas escuetas de las que sólo se puede decir que están inéditas, o no estrenadas, inconclusas o perdidas.

En ese sentido, recalco que mi trabajo es perfectible y se puede completar en algunos años, si el libro se vende y tiene buena acogida. Para entonces se deberá consignar las óperas que se sigan componiendo o las que se estrenen, porque otro paso está en localizar muchas de las partituras del siglo XIX y XX que no se han estrenado. Esto es lo que logré reunir con mi metodología, al consultar y corroborar qué dijeron los periódicos, y desde luego revisando que los elencos citados estuvieran correctos, porque a veces resulta que no hubo función o que fueron tres con diferente elenco o sustituciones de último momento.

—Quienes consultan tus libros encuentran en ellos confiabilidad y certeza en la información que manejas. Esto no es pura casualidad…

—Hay que ser muy disciplinados y rigurosos al investigar. Para algunos, quizá pueda ser más cómodo transcribir tal cual los programas de mano para ahorrarse tiempo y trabajo, que se debería invertir en comprobar si las funciones se realizaron o no, si las cantaron los artistas anunciados originalmente y en consultar qué opinó la prensa.

Lo que yo suelo hacer es balancear mis registros con dos o tres crónicas sobre lo que sucedió en las funciones. Ese trabajo da la confiabilidad, la certeza de la información que contienen mis libros. Básicamente es un trabajo hemerográfico.

—El conocimiento musical, operístico en particular, nunca está de más…

—Sí, bueno, con los años puedes aprender, por ejemplo, que las oberturas no se cantan, ni los intermezzos. Esos son los aspectos que por descuido o desconocimiento o porque sólo agarran un programa de mano, no creo que por mala intención, se consignan en otros libros. Hay que tener mucho cuidado, porque si esos libros llegan a las manos de un joven que empieza a adentrarse en el mundo de la ópera, lo van a confundir o de plano a falsearle las cosas. Y no se trata de eso.

Un buen libro tampoco lo hacen las fotografías. Por cierto, todas las que aparecen en los libros que he publicado son mías: yo las busco y las escaneo. Siempre procuro hacer el trabajo más serio y confiable posible.

Autor de la entrevista con José Octavio Sosa


—¿A qué obstáculos te has enfrentado para realizar tus investigaciones?

—En un principio, ir al Conservatorio Nacional de Música y pedir información sobre las partituras fue un poco penoso. No sé ahora, pero hace cuatro años, cuando fui porque ahí están los originales de algunas óperas de Miguel Meneses, el material se encontraba en un estado realmente deplorable. De entrada, al llegar y pedir información me enfrenté a la primera barrera, porque cuestionan: quién es usted, de dónde viene, qué quiere, para qué lo quiere, sabe qué: no hay nadie.  No hay facilidad en ese sentido. Tuve que explicar que trabajo en Bellas Artes, que mi objetivo es investigar para hacer un libro, en fin. Por otro lado, no todo está catalogado. Más bien está desperdigado. Lo que se tiene ahí no se conserva. En muchos casos es material que está a punto de borrarse. El tiempo, el polvo, el descuido, podrían determinarlo. Y, hasta donde sé, no hay copias de ese material.

—Qué terrible, si pensamos en un accidente, un incendio, un saqueo…

—Simplemente el tiempo. Hay material que lo tenían amarrado con vil mecate. Es increíble que no haya alguien que preserve todo lo que se tiene. No quiero decir lo mismo de la Escuela Nacional de Música, porque ahí sí me trataron muy bien y se portaron muy accesibles. Tienen aire acondicionado donde están las partituras, tienen todo seleccionado y sin polvo, es decir, ahí hay mucho más cuidado en la preservación, misma que en otras escuelas igual deberían tener.

—Existen instituciones, de hecho, en las que la tecnología de punta sigue siendo ciencia-ficción…

—Exactamente. Ahora con tantos programas e instrumentos de computación no es tan complicado tener resguardado todo el material disponible, lo cual no significa que debas montar una ópera en el momento en que la rescatas. Pero si tenemos un original del siglo XIX ahí, arrumbado y amarrado con mecates, quizá dentro de cinco años ese material ya no existirá.

—Desde tu perspectiva, ¿qué hace falta para estimular mayor investigación, documentación y preservación en nuestro acontecer operístico?

—Varias cosas. Más seriedad en el trabajo de los investigadores. Hay centros de investigación que pertenecen al INBA, pero la mayoría de los trabajos se enfocan al teatro, como género. Se ha publicado muy poco sobre ópera. Hace falta preservar, empezando por los programas de mano. No existe un departamento en Bellas Artes, hasta donde yo sé, que se dedique a actualizar esto. Y no me refiero a que una persona agarre un programa de mano, lo guarde en un archivero y le ponga: Funciones de ópera 2005. No. Debe constarle que lo que dice ese programa se haya llevado al cabo. Tenemos también testimonios en video que nos ayudan en la labor.

—Algunos…

—Algunos, cierto: ya ves lo que hizo Canal 11 hace muchos años: borró todo el material. Gracias a Manuel Yrízar se conservan muchos documentos. Pero en general hace falta ganas y una visión de mantener fotografías, audio, programas de mano, y un programa de cómputo con el registro exacto y acucioso de todo lo que se realiza, ya no digamos en todos los foros: ya por lo menos en Bellas Artes.

—Algo que ni siquiera es costoso…

—No. Es ingenio y ganas de tener las cosas al día, de que te guste lo que hagas, porque si ese trabajo se lo dan a alguien que sólo lo hará por tener un trabajito más, no funcionará. Es cuestión de tener la convicción de que ese trabajo va a quedar para la posteridad. Tú busca ahorita en Bellas Artes un programa de mano de hace 25 años. Ve al área que quieras. Digo, empieza por nosotros en la Compañía Nacional de Ópera, y comprobarás que no hay nada. No hay programas. ¿Dónde están? No sé. 

Ahora bien, desde que Esther Pérez Reyes entró a relaciones públicas de la Compañía, en 1992, se preocupó por guardar y llevar el registro. Pero hacia atrás, no hay. Imagino que la gente que estaba antes, tanto en el Palacio como en los archivos, desecharon los programas porque les estorbaban. No existe área alguna en Bellas Artes, incluida la Compañía Nacional de Ópera, que conserve programas de mano de los años 40, 50 y 60. Es el colmo. Lo que ahora hacemos nosotros aquí en Ópera, a través de relaciones públicas, es mantener un archivo fotográfico desde 1992 a la fecha de todas las producciones. Tenemos material visual, y grabaciones en audio y video. Ése, creo, es un avance notable. Y no sé, quizá de repente se podría pensar en hacer colecciones de ópera y sacarlas a la venta. Se puede llegar a una negociación con los grupos artísticos, pagar lo que se deba, y empezar a sacar material que puede ser interesante para el público. Hay cosas maravillosas que se han hecho en Bellas Artes y sería una forma de darlo a conocer al mundo.

—No vaya a ser que luego se desechen, se pierdan, se borren o se las lleven…

—Sería terrible. Además, las grabaciones de Bellas Artes ya circulan por todo el mundo en versión pirata. Las óperas que transmite Canal 22, las encuentras en copia en Nueva York. Principalmente, están muy cotizadas las funciones de Ramón Vargas, de Paco Araiza, de Rolando Villazón. ¿Por qué no hacer algo hecho y derecho?

Otro paso sería rescatar óperas mexicanas. Podrían hacerse en pequeño formato, no representadas, quizá en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Tenemos 202 óperas de compositores mexicanos, no sé si sean buenas o malas, pero hay que descubrirlo. Nuestra producción operística es prácticamente algo en el olvido.

—La actualización de registros es fundamental para evitar posibles baches de información. Es de suponer que vas al día…

—Cada espectáculo, no sólo de ópera, sino de todas las actividades que se realizan en Bellas Artes, lo tengo registrado día por día. Desde el luego, le doy mayor énfasis a la ópera. El libro 70 años de ópera en el Palacio de Bellas Artes, se quedó hasta El prisionero, pero de ahí a la fecha, todo está al día. Y, bueno, también llevo cuenta de lo que se está haciendo en provincia.

Tengo la fortuna de que los artistas mismos me ayuden muchísimo con fotografías, currícula y crónicas. Eso es básico para la actualización. Es una constante en mi trabajo. Todo lo llevo al día.

—La pregunta siguiente puede resultar muy general y abierta, pero así y todo voy a plantearla: ¿qué impresiones tienes sobre la actividad operística de México vista a través de tu trabajo de investigación?

—Dar una opinión general sobre nuestra ópera a partir de mi investigación puede resultar muy relativo. Se habla mucho de una época de oro en México, porque teníamos los mismos elencos que la Scala, que el Met, que el Colón. No me tocó disfrutar en vivo esa etapa, pero la gocé mucho en la investigación, al leer crónicas de su momento, los anuncios, a través de las grabaciones.

México ha tenido muy buena y muy mala ópera, como todos los teatros del mundo, con elencos nacionales o internacionales. Ha habido crisis, desde luego, pero lo que creo es que la ópera ha mantenido un muy buen nivel desde hace muchos años. Desde que Sergio Vela y Gerardo Kleinburg llegaron a la ópera, quizá se hicieron menos funciones, como algunos critican, pero lo cierto es que las cosas cambiaron para bien; subió el nivel artístico.

Por otro lado, considero que en el momento mismo en que el presupuesto para hacer ópera en Bellas Artes es dinero del Estado tienes una limitación. Ha entrado iniciativa privada para apoyar las producciones operísticas lo que siempre ayuda. Por eso pienso que el problema para hacer ópera en México es básicamente cuestión de espacio. Mucho lo hemos señalado. No es posible dar cabida a toda la cantidad de espectáculos y eventos que tiene el Palacio de Bellas Artes. Qué bueno que los tiene, pero eso crea un problema para hacer producciones. Público para la ópera hay suficiente para hacer 20 títulos al año. Lo que no hay es lugar. No hay espacio. Tenemos un solo recinto específicamente hecho para la ópera. El Teatro de la Ciudad, el viejo Esperanza Iris, no es de momento una opción porque trasladar a los grupos artísticos para allá, generaría gastos y otros problemas, que no se generan en Bellas Artes.

En ese sentido, hay limitaciones, normas, bases sobre las que se debe trabajar. Está Sinfónica Nacional, la Compañía Nacional de Danza. Hay teatro, compañías independientes de danza y eventos varios.

—El Palacio ha llegado a ser funeraria.

—Ha llegado a serlo. Te acordarás de la Gala Wagner, cuando al mismo tiempo se veló a María Félix. Antes no se canceló el concierto, como sí se canceló una función de Bodas de Fígaro, cuando murió Cantinflas. Ese mismo día había muerto Blas Galindo y sólo estuvo en Bellas Artes  un par de horas, porque lo sacaron para meter a Cantinflas.

El espacio es insuficiente y las actividades son muchas, aun cuando sigo pensando, lo afirmo de verdad, que el único espectáculo que llena el Palacio de Bellas Artes es la ópera, porque tiene un público bien definido. Nuestro estándar de asistencia es el más alto de todos los espectáculos del INBA. Bellas Artes es la casa de todos, en donde vive mucha gente y entiendo que hay que repartir las zonas.

Sin embargo, hay que aplaudir que en provincia se está haciendo cada vez más ópera. Está el caso de Tamaulipas, Xalapa, Sinaloa. Guadalajara empieza a hacer ópera nuevamente. San Luis Potosí va a hacer. Puebla tiene intenciones. Todos estos son foros en el que los muchachos, los jóvenes talentos, pueden empezar a desarrollarse.

—¿Qué proyectos tienes en puerta? 

—Tengo un libro que recopila crónicas de ópera, teatro, cine y música, de Rafael Solana. Son aproximadamente 250 crónicas de ópera y ya está terminado. Aún no sé a quién se lo voy a mostrar, pero confío en que a alguien le interese.

También estoy haciendo una biografía. Es la primera que hago por lo que no tengo experiencia y no sé muy bien cómo hacerle. Me está costando trabajo armarla. Es un libro sobre la vida artística del barítono Roberto Bañuelas, que tentativamente se llamará Roberto Bañuelas en clave de Fa. Es, desde luego, un homenaje a un cantante que desarrolló una carrera muy importante en Alemania y otros países. Llevo 120 cuartillas, de manera que tal vez lo concluya en cuatro o cinco meses.

Hay un libro en el que llevo trabajando, no te exagero, siete años. Es sobre la ópera desde 1821 hasta la actualidad. Por supuesto, no es sólo Bellas Artes, sino teatro Principal, el Colón, el Iris, el Arbeu. Es un libro muy complicado. Serán mil y pico de páginas. Todavía le faltan detallitos, pero creo que será el libro de ópera más completo que puedo haber realizado. Es, hasta el momento, mi proyecto más ambicioso como investigador.

jonomerc@operacalli.com