Lucia di Lammermoor en Bellas Artes

Posteo mi crítica de la Lucia en Bellas Artes que cerró la anoréxica
temporada de ópera de la CNO. Líricamente se acabó el 2mil7 en BA, cuando
nacionalmente apenas iniciaba. ¿Para tan poco un aparato burocrático
institucional enorme? No sé. Es como que demasiado caldo para tan poco pollo. En
fin. La posteo. La cuelgo, va:
Lucia di Lammermoor en Bellas Artes
Por José Noé
Mercado
Hay que ser congruentes. La comunidad operística de México exigía, en
general, de una u otra forma, que la Compañía Nacional de Ópera presentara
producciones líricas que aprovecharan más a fondo la infraestructura y el
talento nacional. Desde cuándo somos tan chauvinistas, hay quien ha preguntado
bajo la seducción de las importaciones. Cero chauvinismo, no se trata de eso.
Como debemos suponer que tampoco se trata de entreguismo o malinchismo de la
otra parte. ¿O sí?
El caso es que ahora, los pasados 29 de noviembre, 2,
4, 6 y 9 de diciembre, la CNO presentó cinco funciones de Lucia di Lammermoor de
Gaetano Donizetti, en una producción mexicana, que ciertamente incluyó algún
invitado extranjero. Muy bien. Hay balance. Eso debe aplaudirse, puesto que el
problema y las críticas que en los últimos meses, inicio de esta administración,
se venían acumulando no eran por presentar montajes de otras partes del mundo.
Bueno, de Argentina. La cuestión es que no era además de los nacionales que,
podría pensarse, son factibles ya que por si alguien no lo había notado, en
México abunda el talento. Un aplauso, entonces, en ese sentido. Seamos
congruentes, pues.
Lucia, además, sigue ganando batallas. La música de
Donizetti se cuela por las rendijas —o boquetes enteros— de romanticismo del
público y, si bien la trama de esta ópera no es ejemplo de originalidad en
ningún sentido, logra sostenerse hasta el final.

Pero la obra en sí misma no es todo, no en ópera, género donde hay
montaje e interpretación.
La parte vocal no merece menos palmas. En el
rol protagónico, alternaron las sopranos Eglise Gutiérrez y Olivia Gorra. La
primera, poseedora de una voz, de trinos, y coloratura en general, de timbrado
hermoso, con una emisión carnosa, que resolvió bastante bien los retos de la
partitura. Olivia, la veracruzana, ofreció funciones como hace mucho no lo
hacía: en plenitud absoluta de facultades, con brillantez vocal e
interpretativa. Sus coloraturas fueron precisas, luminosas, con entrega y rigor
técnico. Bien.
Como Edgardo di Ravenswood, igual alternaron los tenores
José Luis Duval y Fernando de la Mora. Ellos, asimismo, pusieron muy alto el
nivel de interpretación canora. Duval, con fuerza y entrega, nobleza vocal y
enjundia sonora que incluyó los sobreagudos optativos, además con un infrecuente
pero al cabo feliz fuelle histriónico, hizo callar a los cotilleros, que nunca
faltan, que esperaban ver opacada la actuación de Duval, en contraste con el
despliegue de su voz. Por su parte, Fernando de la Mora, tan apto para el
repertorio francés y el belcanto, demostró nuevamente que es un tenor de gran
calidad y elegancia en su técnica y fraseo, cálido.
Si algo caracteriza
al barítono Jesús Suaste es su solvencia para salir adelante de sus compromisos
y la interpretación de Enrico Ashton no fue la excepción. Otro que estuvo en un
nivel óptimo vocal y actoralmente, fue el bajo internacional Noé Colín, en el
rol de Raimondo. Su instrumento corrió con brillo, aun en su oscuridad, por el
teatro. Arturo Valencia, Zaira Soria y Luis Alberto Sánchez complementaron el
elenco de solistas, como Arturo, Alisa y Normanno.

Al frente del Coro —preparado por Mauricio Baldin, y que por los soplones
tras bambalinas que se escuchaban hasta la galería podemos deducir que aún no se
aprende Lucia— y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, Edoardo Müller hizo una
lectura personal, de buen resultado sonoro, digamos. El sonido tuvo consistencia
y se apegó al estilo. Los peros a su batuta podríamos encontrarlos en sus
tiempos, algo aletargados que robaron brillo y emotividad en algunos pasajes a
la música, o bien dificultaron fraseos y respiraciones de ciertos solistas. No
en todo momento, cierto.
La puesta en escena correspondió al debut en
Bellas Artes de María Morett, quien a pesar de las grillas que le armaron en la
CNO, cumplió con un trabajo destacado, en la medida de los tiempos, no tan
amplios, que tuvo para los ensayos y para preparar la escenografía junto con
Philippe Amand, quien igual se encargó de la iluminación.
La historia fue
contada por Morett. El discurrimiento escénico se cumplió, aun si se cuestiona
qué tanta fusión hubo o no hubo entre elementos virtuales, como la proyección de
imágenes pixeleadas y que se trababan en sus ciclos de repetición, y la
escenografía tipo roperazo, es decir la física y tradicional, digamos, que
además en varios cuadros estaba —paradoja verbal— descuadrada e
involuntariamente asimétrica. Sin decir que la iluminación, a veces caía sobre
nadie, mientras los solistas estaban en penumbras. ¿El vestuario de Violeta
Rojas fue diseñado en su totalidad ex profeso para este montaje? Lo mismo
podríamos preguntar sobre el diseño de escenografía. Los reciclados, por más
valor que tengan para disminuir costos, siempre serán reciclados y no siempre
embonan entre sí.
En todo caso, aunque los resultados en muchos sentidos
no sobresalgan de la medianía lírica en que está sumida la ópera en Bellas
Artes, en esta producción se ve que hubo trabajo y ganas e intención de
aprovechar los recursos y talentos artísticos de que se dispone. Ya es un primer
y pequeño paso, bien, aunque la excelencia todavía está a kilómetros y sigue
corriendo.
2 de Diciembre del
2007
jonomerc@operacalli.com