Posteo mi crítica de la Marina de Arrieta en BA, puesta con la q arrancó
la temporada lírica 2007 en México. Muchos críticos destazaron no sólo el
montaje, sino la obra misma. Yo, no sé. Supongo q lo q escribí es mejor q lo q
pueda comentar. La pongo como avance, a unas horas de q salga publicada en la
revista Pro Ópera mayo-junio con el diseño e ilustraciones de rigor:

Marina en Bellas Artes
Por José Noé
Mercado
La Marina de Emilio Arrieta lejos está de ser una ópera que aspire a
comentarios particularmente radicales. Ni a favor, ni en contra. Ya que si bien
es un título teto, con personajes estereotipados de confección sicológica y
dramática aguada, y cuyo argumento recurre al deus ex machina en forma de carta
para salir del bostezo y resolver la trama, su aspiración belcantista italiana
la dota de melodías lubricadas y pasajes rítmicos que, bien cantados, en voz de
artistas solventes, llegan a ser de cierto lucimiento con belleza que entusiasma
al público. No más, no menos. Es decir, aunque ñoña, Marina es una ópera como
muchas óperas.
Con la puesta en escena de esta obra, presentada los
pasados 13, 15, 18, 20 y 25 de febrero, en el Teatro del Palacio de Bellas
Artes, la Compañía Nacional de Ópera, ya con José Areán como director, arrancó
su Temporada 2007, en una coproducción con Promociones Metropolitanas, Pro Ópera
A.C. y la Fundación Harp Helú, en lo que podría significar el retorno de la
iniciativa privada a la lírica nacional y una opción para abatir en algo la
sequía operística de los últimos tiempos en México.
Pero el público al
parecer no lo entendió así, a decir de estas cinco funciones con teatro
semivacío, en las que la gente de galería y anfiteatro bajó a luneta
aprovechando tantos lugares desocupados. Siempre será una lástima que un
esfuerzo de tantas voluntades, encabezado por Xavier Torresarpi, haya quedado
sin el nivel de fraguado que se esperaba. En todo caso, debe constar como
primerizo antecedente, si se piensa luego en proyectos futuros.
Este
montaje contó con dos intérpretes para cada rol protagónico, que se alternaron
funciones dando como resultado una promiscuidad vocal —para decirlo con palabras
de Raúl Falcó, saliente director de la CNO, quien en realidad todavía estuvo al
frente del despacho en la preparación de este título—, lo que propició una
descalibrada fusión en tiempos, respiraciones y cuadraturas a lo largo de esta
serie de presentaciones, pues lógicamente no es lo mismo cantar y dirigir y
actuar con la combinación A-Z-C, que con B-X-C o A-X-D, etcétera. Se podrá
argumentar que así se trabaja en muchos grandes teatros líricos del mundo y es
verdad, pero dicha realidad no coincide con la nuestra. ¿O sí?

Como Marina, Irasema Terrazas en la primera función no ofreció su mejor
canto. Esta vez, la soprano enfrentó problemas técnicos para apuntalar su
emisión, para construir agudos sin cuarteaduras y al mismo tiempo controlar el
fiato. El sonido vocal producido fue tambaleante y con un estrés, quizá debido a
que la artista tenía plena conciencia de lo que le ocurría, que también le
impidió desempeñarse en escena con la soltura y seguridad que le caracterizan:
su actuación fue gris, sin presencia: fome. Ojalá que Irasema pronto reluzca su
buen canto y reafirme el registro alto tan indispensable para toda soprano, bajo
el entendimiento de que también los coches nuevos y flamantes deben acudir al
taller para el ajuste de los primeros 10 mil kilómetros.
Por su parte,
Lourdes Ambriz mostró mayor colmillo en su interpretación de la heroína epónima
de la ópera, puesto que si bien sufrió igual para emitir los agudos, o al menos
para intentarlo, aprovechó algunas fermatas para decorar su canto y sacarle así
el mayor jugo posible, disimulando su dificultad para moverse en las alturas. El
registro central de su instrumento se mantiene bello y se percibe manejado con
técnica perdurable, mientras que en escena, salvo en dos desconexiones en la
impostación, quizá por cansancio vocal, en que pareció angustiarse, su presencia
destiló la dulzura fresca requerida por el personaje.
El tenor Alfredo
Portilla, con el hermoso timbre que posee, brilló con un canto seguro y pleno,
de fraseos intensos y largos, inusuales en él, mínimo en sus recientes
actuaciones en México. Su voz, en el rol de Jorge, salvó lo soso de algunas
funciones y se impuso a todos, si bien es cierto que los pasajes con adornillos
no son los que mejor le van pues se trata de una voz dura, pesada, de acentos
spintos, que no alcanza el sobreagudo y no siempre con facilidad el agudo. Pero
en realidad nunca lo habíamos escuchado en igual plenitud, incluso con
deliciosos pasajes a media voz, tal vez porque esta Marina haya sido de sus más
memorables interpretaciones.
En cambio, su colega catalán, Salvador
Carbó, mostró las limitaciones de su instrumento. Una voz zumbadora y de escaso
volumen, propia para recintos de menor tamaño, además de afinación incierta. Eso
sí: a diferencia de Portilla, no se abrió ante los sobreagudos, los enfrentó con
alma tenoril y trató de hacerlos sonoros, en la medida de sus posibilidades. En
escena no deslució y de hecho su histrionismo fue rescatable.
Como
Pascual, alternaron los bajos Charles Oppenheim y Luis Rodarte. Oppenheim va
bien en su joven carrera y a diferencia de los cantantes que van en declive, o
picada, su trayectoria va en ascenso con una voz cada vez mejor colocada donde
suena más y con mayor color. Actúa bien, incluso demasiado bien, lo que por
momentos le hace descuidar la proyección vocal y un adecuado volumen hacia el
público. Ya conforme desgaste sus zapatillas en el escenario, desarrollará el
colmillo y la intuición necesaria que va tiñendo de otro color aquello que
inevitablemente siempre comienza verde.
Rodarte es un cantante entregado
tanto en voz cuanto en escena y cumplió una decorosa participación, que dejó muy
buena imagen en el público. Lo mismo ocurrió con el rol de Roque, interpretado
por los barítonos Jesús Suaste: fuera de un lapsus en que olvidó su texto en la
última función, solvente, con su inconfundible estilo, adecuando como siempre
sus características al personaje, y el madrileño Carlos Bergasa: estupendo
actor, zarzuelero, y con instrumento de gustoso color.
La dirección
escénica de Leopoldo Falcón optó por la perspectiva de cuadro, más que apostarle
a un trazo continuo que desenvolviera la trama. Fue una decisión inteligente,
considerando que el estilo de la ópera belcantista, en el que tardíamente se
inscribe Marina, no incluye mucha acción —a menos que hablemos de genios
auténticos como Rossini o el joven Verdi— y el discurso vocal y musical
inmoviliza al dramático. El trabajo de Polito redituó más en asimilación
interior de los personajes y en la interactividad que desarrollan entre sí, pues
el movimiento en sí fue parapléjico.
María Luisa Serrato de Chávez
incursionó por primera vez en el diseño de vestuario operístico y lo hizo con el
pie derecho. Su propuesta funcionó en general y mostró un gusto elegante y
refinado (no por nada algunos miembros del coro se veían como marineros dandys
—que los hay—), aún cuando podrá considerar detalles que realzarán sus próximas
incursiones en el género. Entre los más importantes, disponer el dibujo y el
corte del vestuario para ayudar a la mejor apariencia física de algunos
intérpretes que así lo requieren y considerar que el blanco es un color muy poco
escénico.
La escenografía e iluminación de Arturo Nava dejó mucho qué
desear, sin concepto definido. Pocos elementos en los primeros dos actos, de
manera casi abstracta, o pobre, y una postal de aspiración realista, en el
tercero. Se incluyó una pantalla con proyecciones marinas de Rafael Blásquez,
bien diseñadas en cuestión técnica, pero sin mucho vínculo ni integración con el
conjunto visual. ¿Para qué se movió de manera tan torpe el ángulo de la pantalla
a mitad del primer acto, lo que únicamente provocó sacudidas involuntarias y
éstas risas en el público? ¿Por qué los tramoyistas aparecieron a la vista de
todos haciendo su trabajo, que entre otras cosas consistió en armar un pequeño
muelle de escaleras de madera comprimida, que se vieron muy falsas porque ni
siquiera recibieron una pintadita o barnizada?
El concertador José Luis
Castillo logró hacer muy buena música, aunque probablemente no muy buena ópera.
Y no por él, si se considera la promiscuidad vocal: a veces se pasó en volumen,
a ratos le bajó, en pasajes se destempló o los solistas se destemplaron, dejando
la impresión de que no hubo el mejor entendimiento a su batuta en todo el elenco
o de que éste no siempre estuvo al nivel de la partitura. Castillo comandó con
estilo e idea la orquesta y podría consignar como auténtico logro en su
currículum los dos matices que pudo sacarle a un Coro del Teatro de Bellas Artes
de sonoridad rígida y estridente. En resumen, un gran esfuerzo para hacer ópera
que debe estimularse, lo que sin embargo no evitó que muchos integrantes de esta
producción mostraran, sin querer queriendo, que no son más que marineros de agua
dulce.
1 de Mayo del 2007
jonomerc@operacalli.com