
Posteo el texto con el que participé en la mesa redonda Música visible,
realizada ayer, jueves 27, en la Galería Lourdes Sosa, en el marco de la
exposición Con ojos oír finezas de amor, ópera pintada, de Otto
Cázares, quien igual integró la mesa junto a Mario Marín y Ulises
García. Va
Música visible
Por José Noé Mercado
UNO Cuando Otto Cázares me invitó con gentileza para
participar en esta mesa redonda con el tema de música visible, me pareció casi
una invitación para dar forma a una vieja teoría, acaso ocurrencia, que ya algún
día había rondado por mi mente. Era, desde entonces, una idea quizá
descabellada, radical, absurda y condicionada por mi fascinación por las letras.
Sobra decir que esos inconvenientes fueron motivos de más para empeñarme en
sostener mi teoría, puesto que aventurar una idea sobre lo que ya unánimemente
se ha pontificado tiene mucho de oficioso.
¿Y qué postula esa teoría de
la que les hablo?, se preguntarán ustedes. Algo sin duda delicado, como para
sólo haberme atrevido a exponerlo ante un par de amistades muy cercanas, una de
ellas un autodenominado operópata irredento, wagneriano para mayor complicación,
que al principio me acusó de absurdo, luego de soñador y finalmente, días
después, de haberle dejado el tema acechando su pensamiento por el supuesto
sentido que de pronto habían cobrado mis palabras en su forma de concebir la
música, el canto y en la ópera como fusión. Aunque pronto volvió a pensar con
los oídos, o con las patas, que es con las que un operópata tiene fama de
escuchar sus óperas, y recién se arrepintió.
La teoría consiste pues en
sospechar que nada existente, imaginado o intuido, puede salirse de la palabra.
Todo el mundo, para el ser humano, es palabra, incluida la música. Y si ésta, en
última instancia, puede aceptarse en término verbales, necesariamente deberíamos
concluir que la música siempre es, siempre ha sido, visible.

DOS Octavio Paz afirmó
que sólo existe aquello que es nombrado. Y el arte existe sólo en la medida en
que puede nombrar o ser nombrado, a través de sus códigos particulares. El arte,
en esencia, es un proceso de comunicación, o al menos su intento. Escribió Paz
que “las palabras, frases y exclamaciones que nos arrancan el dolor, el placer o
cualquier otro sentimiento, son reducciones del lenguaje a su mero valor
efectivo”.
¿Y acaso no sucede lo mismo con una notación
musical?
El poeta, según nuestro Premio Nobel, transforma, recrea y
purifica el lenguaje y después lo comparte. Y esto mismo, digo yo, sucede
también en otras disciplinas de las artes, en la plástica, en lo escénico, en lo
musical. Todas tienen su código, su lenguaje de expresión pero, aunque esto
suene a sofisma, si no lo podemos traducir a palabras y hacerlo visible, ¿cómo
podríamos asirlo?
Los lenguajes aunque distintos en sus códigos,
irremediablemente coinciden al final del camino, en su finalidad, si es que
pretenden significar y ¿qué significado no es decodificado en el ser humano a
través de la verbalización?
Arthur Rimbaud puede ayudarnos a reafirmar
esta idea si lo citamos al decir que el hombre que quiere ser poeta comienza por
buscar su alma, la examina, la palpa, la comprende. O la incomprende, agregaría
yo, pero en todo caso, dice el autor de Una temporada en el infierno, tiene que
ser un vidente. Y aquí está la palabra clave: así explore en la locura, en el
amor, en el sufrimiento, en el placer, en cualquier idea o sentimiento, tiene
que ver, y ve a través de la palabra.
Nuevamente nos referimos al poeta,
pero como supongo que lo habrán percibido, en realidad estamos hablando del
artista. Puede ser que del músico, intérprete o compositor.

TRES Pablo Picasso decía que, en pintura, buscar no
significa nada. Lo importante es encontrar. “El que encuentre algo, sea lo que
fuera, aun sin buscarlo”, afirmaba el artista malagueño, “despierta al menos
nuestra curiosidad, si no nuestra admiración... Mi objeto al pintar es mostrar
lo que he encontrado, no lo que estoy buscando”.
Lo mismo ocurre con el
compositor. Porque llegados a este punto creo que es legítimo preguntar: ¿qué es
la música? Y, como no creo que deseemos respondernos con idealismos o con
poesía, es necesario cuestionar si la música es una serie de notas pintadas
sobre el pentagrama. ¿Es acaso la interpretación instrumental o vocal de esas
notas? ¿Es el sonido que se produce al decodificar una partitura? ¿O bien, y me
decanto por esta opción aun cuando no sea exhaustiva, es lo que ese sonido
produce o comunica en nosotros? ¿Y qué podría producir o comunicar si no
sentimientos, emociones, ideas o todo cuanto se nos ocurra nombrar como
experiencia humana? Y si es así, el amor, el placer, lo marcial, aquello
comunicado pues por el compositor ¿no es visible en nosotros, aun cuando la
expresión sea de lo más abstracta?
Friedrich Nietzsche, como buen lector
de Schopenhauer, afirmaba que la música era el lenguaje más inmediato, más
directo, para comunicar las esencias del ser humano y del universo mismo. La
abstracción más lograda, sin embargo, no podemos sino figurarla y entenderla a
través de palabras que la hagan visible en nuestra mente, y si se me permite la
idea, en nuestra percepción y experiencia personal. ¿Qué música no puede verse,
entonces? ¿Qué música no tiene un color, un ambiente, una imagen en quien la
escucha?

CUATRO Para demostrar lo visible que puede ser la música no
hay más que pensar en la música escénica. Y para música escénica: la ópera, que
tiene toda la carga visual del teatro y sus elementos: la actuación, la
escenografía, el vestuario, el maquillaje, la trama a desarrollar; la carga
visual también del canto: la gesticulación del cantante, los colores y registros
de la voz, la frase, la palabra que nos remite por necesidad a la imagen, a la
imaginación, a lo visible.
CINCO La obra de Otto
Cázares, al menos la que integra esta exposición de ópera pintada, me parece que
tiene el valor de plasmar la musicalidad de una escena, de una emoción: de un
intérprete. Y va más allá: su plástica es capaz de captar que la ópera, en
cuanto a drama que se expresa en términos musicales, puede verse. Y que ese
género artístico que se observa a través de su pintura se comunica, a fin de
cuentas, con el espectador. Es visible, es expresable: es lingüístico.
Es
justamente esta impresión que me causó la obra de Otto Cázares, la que me
convenció de aventurar ante ustedes este ensayo mínimo que, como todo ensayo
bien nacido, no pretende pontificar ni erigir verdades absolutas, sino examinar,
probar el valor de la moneda o los metales. O la música y la ópera, y su visible
esencia verbal. Muchas gracias.
28 de Septiembre del 2007
jonomerc@operacalli.com