Poco ya es mucho: Rigoletto en el Teatro de
la Ciudad

A continuación, posteo mi reseña-crítica de Rigoletto en el coloso de Donceles. O lo que queda de él. Eso.
Poco ya es mucho: Rigoletto en el Teatro de la Ciudad
x José Noé Mercado
México, DeEfe, 6 de octubre. 20:18. La función de Rigoletto no iniciaba. Debió empezar, según la cita, a las 20 en punto. El público fue numeroso. Digamos unas mil personas, lo que no es despreciable para ser un lunes laboral y los precios de los tickets, que costaron entre 1200 y 450 pesos. No hubo supertitulaje —y, por el ritmo fluido de la escena, lo entretenido, tampoco se echaría de menos—. Sí, en cambio, bocinas en las alturas, porque el espectáculo se sonorizó de manera casi imperceptible. O imperceptible. Es la norma, siempre se hace así en el Teatro de la Ciudad. Aunque a veces se disimule.
Por fin se dio la tercera llamada, con 25 minutos de retraso.
La Orquesta de la Ópera de Moscú, bajo la batuta de Yaroslav Tkalenko, sonó
ligera en tiempos desde la nota inicial. El sonido fue agradable. Pulido.
Transparente, con idea verdiana. La primera escena fue enfática en lo teatral y,
bajo esa premisa, la propuesta del director Ivan Popovsky continuó así durante
toda la función. Desde ese momento, quedó claro que para la Compañía Galina
Vishnevskaya: Opera Centre de Moscú, la ópera es teatro. Y música. Puesto que lo
que se ve en el escenario: una serie de cortesanos decadentes y caricaturescos,
moviéndose como títeres del Duque de Mantua en un bello cuadro plástico, se
dispone a partir de la música, sin descuidar el libreto. Suena lógico. Pero,
para como a veces se hacen las cosas en México líricamente hablando, hacer lo
lógico mucho tiene también de raro y novedoso.

Eso es algo que sorprende: que una compañía de mediano nivel en talentos,
pero grande en esfuerzo, en preparación, en trabajo, venga desde Rusia a mostrar
en un país como el nuestro, supuestamente inscrito en la tradición operística
—whatever that means—, cómo se puede hacer ópera bien, sin contar con tantos
recursos, pero más ocupados en las tablas y el resultado que en las falsas
pretensiones y el qué dirán.
Aunque claro: para sorprenderse y, más aún, para aprender cómo se pueden hacer las cosas, es necesaria la humildad y no sé si esa flor crezca con abundancia en México, entre nuestras instituciones artísticas--culturales. Tal vez sí. O quizás no. Porque, para empezar, podríamos darnos cuenta que la escenografía es un recurso para ubicarnos en el contexto de la trama, ni más ni menos, y para diseñarla es más importante la imaginación, la creatividad, que el dinero.
En esta puesta en escena de Rigoletto, la escenografía de Alla Kozhenkova no
fue más allá de grandes racks (esos coche-armazones donde se cuelga vestuario y
mil cosas más) forrados a cada lado con contornos que sugerían un castillo, un
edificio, y así, según el momento y el giro que aprovechando las rueditas los
mismos cortesanos les daban. Una solución simple, honesta y válida. Funcional.
Eficaz, a la par que el vestuario, también diseñado por Kozhenkova. Todo,
además, con la iluminación de Vladislav Frolov, tan sencilla como efectiva.
Relevante, en ese sentido, porque se dispuso, igual que ciertos detalles que son
teatro, para subrayar la trama: por ejemplo, el balanceo corporal de los
cantantes sobre su propio centro de gravedad combinados con efectos lumínicos,
movimientos de manos, intención determinada al caminar.

A simple vista, el aspecto vocal podría parecer otro punto débil de la
producción. Pero no es así. Porque los cantantes conocen sus roles y son
musicales, cumplidos, más que enormes talentos de la voz. Y cuenta más su
realidad que su potencial o no, ya que éste no es raro que en materia artística
se quede sólo en eso. Y la realidad es que en esta función los participantes
cantaron, con la menor o mayor técnica, calidad o belleza que su estudio o
instrumento les permite, de manera incuestionable respecto a las exigencias de
la partitura, con la solidez y experiencia que acumulan por el solo hecho de
pertenecer a una compañía en activo.
Muy probablemente, el barítono Boris Statsenko no sea el mejor Rigoletto de
la historia, ni del momento, siquiera. De acuerdo. Pero la noche del lunes fue
un Rigoletto humano, solitario, convincente, al público que aplaudiría de pie al
final de la función por más de 10 minutos no le quedó duda de ello. Incluso si
consideramos esa dicción tan de camarrada que mostró. Lo mismo puede decirse del
tenor Oleg Dolgov, como el Duque de Mantua, quien es cierto que se revolvió en
técnica y facultad para poder salir adelante, pero de que lo hizo a su modo, lo
hizo. Los bajos Nikolay Anisimov (Monterone) y Evgeny Plekhanov (Sparafucile) y
la mezzosoprano Kristina Fush (una sensual Maddalena), lo único que requieren en
su interpretación, quizás, es mayor edad y lo que ello significa en color vocal,
pero eso llegará justamente con el tiempo.

Pero, si todo lo anteriormente expuesto no fuera suficiente para que este
Rigoletto haya valido el boleto y mucho, mucho más que eso, reservamos la cereza
irrefutable del pastel para el final. Ya algunos amigos de Ciudad Juárez,
Chihuahua, y Monterrey, Nuevo León, dos de las varias ciudades donde se presentó
esta producción antes que en el DeEfe, me habían hablado de las cualidades de la
soprano Irina Dubrovskaya.
Bien, pues todo comentario previo se quedó corto.
Irina Dubrovskaya, 27 años de edad, fue más que un descubrimiento, una real epifanía. Sin venir precedida por un aparato marketinguero, sin la apabullante publicidad de las grandes divas-divis (Duvrovskaya, por ejemplo, ni siquiera está en You Tube), esta cantante es, lejos, la mejor soprano que haya cantado en México en años. Que fuera parte de esta compañía para nada espectacular, y en muchos sentidos modesta, en algo nos recordó, no interpretando Shakespeare sino Verdi, el arte de Sibyl Vane (leer-releer El retrato de Dorian Gray cuando recién aparece el personaje, después ya no).
Irina Dubrovskaya (hay que repetir su nombre y aprenderlo) fue Gilda. No una
Gilda cualquiera, sino la ideal. Una de ensueño, imbatible. Con una redondeada
voz de lírico-ligero que —a falta de otro adjetivo— debemos referir hermosa, con
una bella presencia escénica, con una actuación conmovedora. Ella sí con una
técnica sobresaliente, exquisitez en su canto y buen gusto interpretativo, con
coloraturas vertiginosas, agudos solares, cuidada dicción, Dubrovskaya re-develó
al público nacional que el canto es para quien lo escucha, sobre todo, verdad
estética y placer.

Cuán deseable sería que nuestras autoridades líricas la hayan ubicado. Y
pronto los operófagos mexicanos pudiéramos disfrutar de esta cantante, así en
plenitud, ya no por una gira como ésta en la que tocó suelo nacional por cosas
del destino, sino por invitaciones expresas para Lucias, Julietas, Ofelias,
Maries,Violetas, y todo ese repertorio que le viene tan bien a su voz y su voz a
esas partituras. Claro que para eso primero deberíamos tener, uno, autoridades
líricas, y dos, algo no menor, ópera.
En rigor por lo dicho, aun cuando fuera por presenciar la sola participación
de Irina Dubrovskaya, soprano con calidad suficiente para brillar en cualquier
teatro del mundo, este Rigoletto fue altamente revelador para el público
mexicano. No sólo porque demostró a los asistentes que la ópera es para
disfrutarse, lo que a veces, por lo visto, se nos olvida, sino porque enseñó que
puede hacerse de otra manera, con alternativas. Sin tantas broncas de todo tipo.
Quizá los asistentes al Teatro de la Ciudad nos mojamos con muy poco, pero en un
panorama líricamente desértico (¿acaso no terminó Manon Lescaut en un desierto?)
poco ya es mucho. Harto.
Asaz.
jonomerc@operacalli.com