LA DIVINA MUZIO EN MÉXICO


Los festejos del Centenario de la Consumación de la Independencia (que más bien servirían para celebrar la consumación de la Revolución) adquirieron una inmensa relevancia: el éxito de los mismos era percibido como un símbolo del éxito del nuevo régimen. Por ello, no se escatimó ni un peso en la celebración.

A principios de junio, Obregón designó a cuatro personajes importantes del ámbito cultural para integrar el Comité de Festejos del Primer Centenario de la Consumación de la Independencia: Juan de Dios Bojórquez, Martín Luis Guzmán, Carlos Argüelles y Emilio López Figueroa. 

Al igual que en las fiestas del Centenario de 1910, la ópera sería un elemento central de los festejos. Para tal fin se creó la Compañía del Centenario a la cual se le asignó una jugosa partida presupuestal con el fin de que pudiera contratar a algunos de los artistas más importantes del mundo y hacer que la temporada de 1921 fuera tan espléndida como las que se daban antes de la Revolución.

Para dirigir la Compañía se designó al empresario teatral italiano Antonio Pacetti. Pese a que, más adelante, se dijo que la inexperiencia de Pacetti en el mundo operístico mexicano lo hacía un candidato absolutamente incompetente para asumir la misión que se le encomendó, lo cierto es que consiguió firmar con varios de los mejores cantantes del mundo, como los italianos Aureliano Pertile, Tito Schipa, Giulio Crimi, Carlo Galeffi y Virgilio Lazzari, la soprano española Ofelia Nieto y el bajo polaco Adamo Didur. Para dirigir la orquesta vinieron Gaetano Bavagnoli y Agide Jacchia. Sin embargo, el mayor acierto de Pacetti fue contratar, para cantar doce funciones, a la “Divina” soprano de Pavía, Claudia Muzio.

El 8 de septiembre se inauguró la temporada en el Teatro Arbeu (habilitado en el interior del oratorio de San Felipe Neri, en la calle República del Salvador) con una función de Mefistofele de Arrigo Boito. Los precios se dispararon a 15 pesos en la luneta y 10 en la galería. 

Claudia Muzio había nacido el 7 de febrero de 1889 en la ciudad de Pavía, en el norte de Italia. Su padre, Carlo Muzio, fue director de escena de diversos teatros, como el Metropolitan de Nueva York y el Covent Garden de Londres, ciudad a la que la familia se trasladó cuando Claudia tenía dos años. Ahí asistió a la escuela y aprendió a hablar inglés con fluidez. A los 16 años regresó a Italia y, en Turín, empezó a recibir lecciones de piano y arpa con la mezzo-soprano Annetta Casaloni, (la primera Maddalena de Rigoletto), por sugerencia de la cual, se trasladó a Milán para recibir clases de canto con Elettra Callani-Viviani.

En 1910 hizo su debut en el Teatro Petrarca de Arezzo, donde interpretó el papel titular de Manon de Massenet. Durante los dos años siguientes, la Muzio conquistó al público cada una de las ciudades italianas en las que cantó, desde Messina a Milán y con óperas tan diversas como Rigoletto, Faust, Otello, Melenis, I promessi spossi, Tosca y La traviata. También en ese periodo hizo sus primeras grabaciones para la compañía Gramophone. En 1913 cantó en la Scala de Milán y en el Palais Garnier de París, donde fue la Desdemona del Otello de Verdi y, al año siguiente, en Covent Garden donde cantó Manon Lescaut, Tosca y La bohème al lado de Enrico Caruso. A partir de entonces, y hasta la muerte del tenor, éste sería su co-protagonista más frecuente. La crítica londinense encontró a la Muzio “voluptuosa, seductora, desafiante, apasionada y tierna”  

En 1916, cuando las dos sopranos principales de la Metropolitan Opera de Nueva York se encontraron simultáneamente indispuestas (una con nódulos en la garganta y otra detenida en Europa acusada de activismo subversivo) el director Giulio Gatti-Casazza decidió invitar a la Muzio para cantar los papeles principales de la temporada. Su debut neoyorquino fue con Tosca de Puccini, del cual Richard Aldrich opinó lo siguiente:

“Siempre estaba dispuesta a sacrificar la proyección vocal a la necesidad de colorear una frase para adecuarla a la intención dramática del momento. [Claudia Muzio] fue recibida con entusiasmo por el público.”  

Así empezó una exitosa relación entre Muzio y la Metropolitan Opera House que duró seis años. En 1918 interpretó a Giorgietta en el estreno mundial de Il tabarro pucciniano y hacia 1921, cuando Pacetti la contrató para cantar en la temporada del Centenario, ésta tenía treinta y dos años y era famosa por la belleza y uniformidad de su voz, la cual, aunque nunca fue particularmente grande (especialmente comparada con la monumental voz de Rosa Ponselle quien había debutado en el Met en 1918) estaba adquiriendo una considerable riqueza de color tonal.  Alta y elegante, Claudia Muzio tenía una presencia escénica imponente y sus admirables habilidades histriónicas reflejaban una intensa identificación con los personajes que interpretaba. Incluso se le comparaba con la gran actriz (también nacida en Pavia) Eleonora Duse.

De acuerdo con Rodolfo Celletti: […] sin alardear de un gran volumen ni de un compás tan extenso, y sin ser una virtuosa en el sentido tradicional del término,  Muzio poseía una gama tan amplia de sombras y matices que, en lo que se refiere a la expresión, era prácticamente inmune a los límites vocales que afectan a casi todas las sopranos. El extraordinario poder comunicativo de su acento podía darle una fuerza intensamente apasionada a un pianissimo o expresar un dolor avasallador en una smorzatura. 

La primera aparición de Claudia Muzio en un escenario mexicano tuvo lugar la noche del lunes 3 de octubre de 1921 en el Teatro Arbeu con la Aida de Verdi. La Muzio interpretó, evidentemente, el papel titular mientras que la parte de Amneris la cantó la contralto mexicana Fanny Anitúa, quien se hallaba de regreso en México después de una larga y exitosa estancia en Europa.

Si bien la mexicana recibió excelentes críticas, la interpretación de la Muzio se llevó la noche. El crítico Manuel Bauche Alcalde, mejor conocido por el seudónimo con el que escribía, “el Duque de Mantua”, quien era el cronista operístico más influyente de la época, admitió en su columna de El Demócrata carecer de lenguaje para alabar a Muzio; tenía las manos adoloridas de tanto aplaudir, la garganta ronca de tanto aclamar y sentía que le faltaban otras mil manos y otras mil bocas para seguir aplaudiéndole y aclamándola. 

Tres días más tarde, el jueves 6 de octubre, como un número especial de los festejos del Centenario, el Comité Internacional de Banqueros con Intereses en México organizó una función de gran gala en el Teatro Esperanza Iris (hoy Teatro de la Ciudad de México). Lo más granado de la sociedad mexicana llenó las localidades para presenciar como estreno de temporada Mignon de Thomas. Las crónicas fueron más que severas tanto con la ópera como con la interpretación, pero elogiaron la belleza de las damas, la prestancia de los nombres y la alcurnia de los asistentes. 

Según lo especificaba su contrato, Claudia Muzio debió haber protagonizado la ópera, pero los organizadores del evento (a los que el Duque de Mantua se refería despectivamente como “los banqueros”) compraron la ópera en treinta y cinco mil pesos a condición de que la popular cantante española Graziella Pareto hiciera la Mignon. La decisión resultó de lo más desafortunada y aún los críticos más complacientes reseñaron con frialdad, en el mejor de los casos, la interpretación de la Pareto.

Si bien no tuvo parte en Mignon, en el entreacto Claudia Muzio cantó como Nedda la canción de los pájaros y Carlo Galeffi hizo otro tanto con el prólogo de Pagliacci. La función, que había empezado a las nueve de la noche, terminó pasadas las dos de la madrugada.

La tercera, y una de las más brillantes apariciones de la Muzio en México fue, de nuevo en el Iris, el 13 de octubre con Tosca acompañada por Tito Schipa y Carlo Galeffi. En esa representación, la Muzio fue llamada dieciocho veces a escena en medio de una de las ovaciones más tempestuosas escuchadas en el recinto, a decir del Duque de Mantua. “No hubo un instante, una milésima de segundo –escribió en su columna del día siguiente—en que Claudia Muzio no haya estado prodigiosamente genial.” 

El siguiente estreno de la temporada fue la matinée dominical del día 16: Andrea Chénier, de Umberto Giordano, con Aureliano Pertile, Claudia Muzio y Mario Valle en los papeles protagónicos. Al terminar la función, los cantantes principales fueron llamados diez veces a escena y el público, en el paroxismo del entusiasmo, pidió a gritos que la Muzio apareciera sola.

El crítico Carlos González Peña manifestó que no había escuchado una ovación más grande desde los tiempos de la Tetrazzini; difícilmente se había visto en la ópera una personalidad con gran potencia, sensibilidad y extensión como la Muzio. De la impresión total destacó la emocionante sacudida de pasión desatada por la soprano; se sintió complacido en “conservar de ella una memoria serena y armoniosa, en su cielo del que se alejó la tempestad, una nube lenta y blanca”

Por su parte, el Duque de Mantua afirmó que nadie podía compararse con ella en el papel de Magdalena, llevado a tal grado de perfección que se declaró vencido, anonadado e incapaz de expresar algo de lo mucho que estallaba en su cerebro. Su racconto “La mamma morta” fue inigualable, pero su escena muda, cuando ella escucha al tribunal revolucionario juzgar a su amado y pronunciar la sentencia de muerte, la vivió, la sintió y terminó por aniquilarla. Fue un drama –aseguró el cronista—nunca visto en el teatro, el cual sólo se podía contemplar con horror en la vida real. “Y sólo a gritos, a rugidos, despedazándome las manos al aplaudir, puedo comentar el extraordinario prodigio. Claudio Muzio es el prodigio de la divinidad artística hecha mujer.” 

 Si bien las palabras de estos cronistas pueden sonar exageradas, coinciden con las opiniones que genera la voz de la Muzio en críticos y audiencias alrededor del mundo, que no dejan de maravillarse por las dotes dramáticas e histriónicas de la cantante. Así, por ejemplo, Daniel Prada escribió lo siguiente sobre la Maddalena de la Muzio:

 […] el personaje de Magdalena, una hija de la Revolución Francesa, era un excelente vehículo para Claudia. Le daba la oportunidad de desplegar su inigualable comprensión del verismo y para mostrar sus crudas emociones sin perder (quizá como ninguna otra cantante) la delicadeza, musicalidad o refinamiento tan necesarios para su debida ejecución… Sí, ha habido otras sopranos que han cantado ese doloroso recuerdo de una época pasada y una vida truncada, pero ninguna tan expresiva o tan intensamente mediante detalles simples y sutiles como Claudia. Su Maddalena es una mujer en el apogeo de la vida, dispuesta a dar los pasos necesarios para enfrentar su destino, para satisfacer sus deseos y para salvar la vida del hombre que ama…

Pese a la impresionante calidad de los artistas con que contaba, hacia mediados de octubre, era claro que la Compañía de Ópera del Centenario estaba fracasando miserablemente: la partida presupuestal asignada originalmente resultaba insuficiente para costear las fastuosas producciones, los teatros tenían cada vez más localidades vacías y las ganancias eran cada vez menores. 

La prensa culpó por el fracaso al empresario Antonio Pacetti quien, en su total ignorancia de las costumbres del público operístico mexicano y en su afán por popularizar la ópera había logrado únicamente “abaratar la mercancía”.  Una lluvia de cuestionamientos cayó sobre el italiano: ¿por qué abrir la temporada en el decadente Teatro Arbeu pudiendo hacerlo en un teatro moderno y elegante como el Iris? ¿para qué incluyó en el repertorio Samson et Dalila cuando el público todavía tenía fresca en la memoria la versión, tan superior, de Caruso? ¿por qué montó una Aida con la Nieto cuando pudo haber esperado a la llegada de la Muzio? ¿a quién se le ocurre montar una ópera de ambiente rococó como Manon sobre la arena de una plaza de toros?  

El Comité de las Fiestas del Centenario se vio en la penosa disyuntiva de disolver la compañía o pasarla mejores manos. La primera opción implicaba cancelar la temporada e incumplir los compromisos contraídos con el público y con los artistas contratados, por lo que el Comité optó por la segunda: Antonio Pacetti fue relevado de su cargo y la Compañía pasó a manos de la empresa teatral Beltrán y Cía.

Pacetti se enfureció y amenazó con demandar al gobierno, o a quien resultase responsable de su destitución, exigió una cuantiosa indemnización y solicitó que se impidiese a los artistas contratados trabajar para otra empresa que no fuera la suya. Además, demandaba que se le diera el importe de una función de beneficio que le había sido asignada antes de ser destituido.  Sus intentos no prosperaron y, después de algunos meses de clamar contra lo que él percibía como un acto autoritario del gobierno, hizo un gracioso mutis de la escena operística para dedicarse al más confiable negocio de la revista musical.

Como se señaló, el éxito de los festejos del Centenario y, en particular, de la temporada de ópera, era un símbolo de la estabilidad del régimen post-revolucionario y, como tal, una prioridad para el gobierno de Obregón. Por ello, el Secretario de Hacienda, Adolfo de la Huerta dispuso una nueva partida presupuestal en apoyo a la nueva empresa, la cual se destinó a una gran campaña publicitaria. En los carteles se leía, además de la impresionante lista de cantantes, la siguiente leyenda en letras mayúsculas: “NUEVA EMPRESA. GRAN REBAJA DE PRECIOS”

Beltrán y Cía. empezó su gestión con el pie derecho llevando a la escena del Iris las reposiciones de Tosca, el 20 de octubre, y Andrea Chénier el 22, ambas con la Muzio en los papeles principales. En gran medida gracias a la popularidad que la cantante había adquirido, las dos funciones tuvieron llenos totales, cosa que no se había visto en toda la temporada. Al parecer, la crisis estaba superada. 

En la matinée del domingo 23 de octubre tuvo lugar lo que los cronistas coincidieron en llamar la representación de La bohème “más extraña y original cantada en el mundo”. Conformaban el reparto la ya indispensable Claudia Muzio en el papel de Mimì, Giulio Crimi como Rodolfo, Mario Valle como Marcello y, Alice Haesler como Musetta.

Ésta última era una tiple estadounidense que había participado en las revistas musicales del Iris antes de que éste fuera ocupado por la temporada de ópera. Apenas apareció en el acto II y abrió la boca, el público se dio cuenta de su incapacidad para cantar el papel y no tuvo empacho en manifestarlo: desde las primeras notas, cayó sobre la americana una avalancha de siseos y chiflidos. Aquella noche triunfal de pronto se convirtió en desastrosa. Cayó el telón  en medio de un lastimoso silencio.

En cuanto se dio cuenta de la situación, el Duque de Mantua abandonó su butaca y se dirigió al palco de los empresarios para proponerles la sustitución de la Haesler por la mezzosoprano mexicana María Teresa Santillán, que casualmente se encontraba entre el público. Desesperados, los empresarios aceptaron la propuesta del crítico y fueron a rogarle a la Santillán que subiera al escenario. Ésta, que conocía bien el papel, accedió de buen grado.

Mientras la Santillán se vestía para hacer su parte, la empresa anunció su decisión de repetir el II acto, esta vez con la diva mexicana en el papel de Musetta. Al conocer el cambio del programa, el público rompió a aplaudir. Pese a la falta de preparación, la Santillán cantó de maravilla y al caer el telón final los artistas fueron aclamados.

No se sabe si la Muzio quedó escandalizada o divertida ante el episodio del “palomazo” de la Santillán, pero sin duda lo recordaría como un símbolo de su visita al que, años más tarde, André Bretón llamaría “el país surrealista”.

El 30 de octubre se dio en el Iris la última representación de Tosca, con el consabido éxito de la Muzio, y dos días después se presentó Il trovatore de Giuseppe Verdi con Giulio Crimi como Manrico, Claudia Muzio como Leonora, y Fanny Anitúa como Azucena. Esta vez no fue una tiple estadounidense, sino un temblor de tierra, ligero pero inoportuno, lo que estuvo a punto de interrumpir la función. 

En su reseña, Carlos González Peña dijo que lo subyugó la obra por la “interpretación magnífica” de Muzio, Anitúa, Galeffi y Lazzari.  Por su parte, al Duque de Mantua la Muzio le resultó “intensa como una jaqueca” en su delicado y poético personaje. Aseguró que no volvería a entusiasmarse con Leonora alguna después de haberla oído. 

Claudia Muzio volvió a cantar La bohème en el Iris el 2 de noviembre e Il trovatore el 6 y el 13. Con esto, concluyó su contrato con la Compañía de Ópera del Centenario, pero permaneció poco más de un mes en la ciudad. 

El sábado 10 de diciembre la Muzio hizo su última aparición en el Iris, en un concierto que quiso dar ella sola, en donde interpretó extractos de La traviata y al cual acudió lo más selecto de la sociedad capitalina a rendirle homenaje. Después partió a Guadalajara para dar dos conciertos en el Teatro Degollado.

 Si bien las apariciones de Claudia Muzio en Teatro Iris de la ciudad de México no fueron ni tan numerosas ni tan brillantes como las del Teatro Colón de Buenos Aires, en donde empezó a conocérsele como “La Divina”, si tuvieron una importancia simbólica porque marcan un momento cumbre en su carrera artística, a partir del cual se convirtió en una prima donna de la escena operística internacional.

  Sus éxitos en América Latina fueron de tal magnitud que modificaron su posición en la Metropolitan Opera House y sus relaciones con la administración de ésta.  Molesto por la nueva situación, el director Giulio Gatti-Casazza le escribió a su colega de la Scala, Angelo Scandi, lo siguiente:

 […] En cuanto a la Muzio, no creo volver a contratarla […] Ella, que antes era buena y servicial, y dueña de un variado repertorio, ha perdido en parte la cabeza […] Sus éxitos en Buenos Aires y México se le subieron a la cabeza y el indiscutible triunfo de Maria Jeritza la ha puesto en una posición de inferioridad que no puede tolerar…

En efecto, en 1922, dos días después de la última función de la temporada del Met, la Muzio firmó un contrato con la Civic Opera de Chicago, donde las condiciones artísticas eran más favorables.

  Por otro lado, la visita de Claudia Muzio a México resultó de gran trascendencia para la historia de la ópera nacional. Como se señaló, sus conmovedoras interpretaciones de Tosca, Maddalena, Mimì y Leonora contribuyeron en forma decisiva para salvar a la Compañía de Ópera del Centenario y que no fuera cancelada, cuando apenas empezaba, la temporada de ópera de 1921, una de las más brillantes de las que se tiene registro en el siglo XX.

Luis de Pablo.