
EUGENE ONEGIN
(P. I. Tchaikowsky)
The Metropolitan Opera
New York
Siguiendo los cánones
modernos de usar un escenario desprovisto de decorados, el
Metropolitan de Nueva York nos muestra un Eugene Onegyn austero, carente de
belleza visual y que obliga al espectador hacer el máximo uso de su imaginación
para seguir la trama. Tchaikowsky se basó en el poema de Pushkin, en
el que un aristócrata ruso en contínua búsqueda de placeres, se introduce
en la sociedad rural y es asediado caprichosamente por una joven que le
envía una carta declarándole su amor. Este hecho también ocurrió en la vida
del compositor, quien recibió apasionadas misivas de una ex alumna y finalmente,
se casa con ella para tapar su homosexualidad, pero el matrimonio nunca se
consumó. Al poco tiempo se deshizo este vínculo.
Valery Gergiev es
un consumado experto en música rusa y dirige magistralmente la orquesta, dándole
mayor importancia a los instrumentos que a las voces, que tienen que hacer un
esfuerzo para seguir el ritmo lento impuesto por el conductor. El
papel estelar está a cargo del barítono Dmitri Hvorostovsky, quien se posesiona
de este personaje. La voz ha madurado a plenitud y muestra tonos más
oscuros y resonantes. También ha logrado despojarse de cualquier inhibición
que pudiera tener anteriormente, para demostrar una pasión y fuego que no se le
conocía. Siempre un favorito de las mujeres, por su atractivo físico,
además de la belleza de su voz, ahora presenta un semidesnudo en escena
que confirma su musculatura. Hay un cambio de ropa en primer plano, donde
Onegyn muestra su torso sin camisa, pero teniendo cuidado de apretar bien los
músculos pectorales mientras dura la escena. Al final de la ópera, sucumbe
ante la apasionada fuerza de los sentimientos y sostiene una tórrida
interacción con la soprano Renee Fleming en el papel de Tatiana, quien ahora lo
desprecia. Siempre elegante y refinado, este ruso porta una blanca
melena desde sus años mozos, que lo caracteriza como símbolo sexual.
La ausencia de decorados obliga a usar detalles que expliquen ciertos
aspectos de la trama, como el uso de sillas desiguales en los salones
provincianos durante los bailes y el acelerado ritmo de la polonesa, donde los
bailarines tropiezan con los invitados por falta de espacio. El vestuario
de la época muestra una moda pastoral en tonos primaverales, para luego
dar lugar a la elegancia de los grandes salones reales en San Petersburgo y las
damas luciendo atuendos en colores sobrios. El buen gusto se nota a través
de la ópera, no sólo en los intérpretes sino también en simbolismos. Los
ademanes son lentos y pausados, hechos que no le restan importancia al
drama y experimentamos tristeza ante el duelo efectuado por dos amigos de
infancia que cegados por el orgullo, no son capaces de abrir su corazón el uno
al otro. Y es así, como el poeta Lensky (Ramon Vargas), pierde la
vida cuando una bala disparada por su mejor amigo, le atraviesa el
corazón. Elegante y fina interpretación del tenor mexicano, quien
también se encuentra en el apogeo vocal, teniendo una agenda llena de
contratos por todo el mundo. La hermosa soprano Renee Fleming, a quien se
le acusa de tomar demasiadas libertades con su voz al usar tonos de pecho
que le puedan perjudicar, interpreta bien a esta caprichosa Tatiana que luego se
convierte en la aristocrática esposa del Principe Gremin, a quien decide
permanecer fiel. Muy aplaudida su actuación, en especial la difícil aria de
la carta. Logra imponer al personaje una visual metamorfosis de
caprichosa provinciana a gran señora de una casa real.
Imponentes las voces eslavas, como la mezzo Elena Zaramba,
como Olga, la hermana de Tatiana, con unos graves de ultratumba que resonaban
por encima de la orquesta sin ningún esfuerzo. Las otras mezzos, la madre (
Svetlana Volkova), la nodriza (Larissa Shevchenko) y el príncipe
Gremin (bajo Sergei Aleksashkin) ostentaban con orgullo aterciopeladas voces,
que fluían como rico y espumoso chocolate, producto de la estepa rusa.
Ximena Sepúlveda
ximena@operacalli.com