
LA TRAVIATA
(G. Verdi)
Opera de Palm
Beach
Continuando su carrera ascendente, la Opera de Palm
Beach presentó la espectacular producción de La Traviata con escenografía del
gran Josef Svoboda. Los maravillos decorados basados simplemente en
telones sobre el piso a manera de alfombras y espejos cubriendo todo el fondo
del escenario a un ángulo de 50 grados, crean una atmósfera de arte
pictórico que ya en sí es merecedor del mayor elogio. Existe tanta
belleza en el escenario que el tiempo pasa y no hay un sólo momento de tedio en
esta puesta en escena, sin importar cuantas veces el espectador haya presenciado
La Traviata en ocasiones anteriores.
Empieza la ópera con un telón
abierto y es tanta la distracción que ofrece ante los ojos néofitos de una obra
de arte visual, que la música del preludio se pierde, al igual que la acústica
demandante de espacios abiertos. En general, la orquesta de Bruno
Aprea se retrae ligeramente ante la inmensidad del colorido en
escena. El vestuario es de la época de los 1850s, durante el reinado de
Napoleón III y su bella esposa española, María Eugenia de Montijo y que es
cuando se supone transcurre la trama. Es la primera vez que la mujer
experimenta un poco de confort en la estricta moda que se ausenta, para dar paso
a las crinolinas y polisones que le permiten más libertad de
movimiento. Malabar Ltd. proporcionó un elegantísimo vestuario, en hermoso
complemento a los elegantes salones de la gran cortesana parisina,
Violetta Valery.
El papel titular va a la soprano lírica
estadounidense Georgia Jarman, quien interpreta bien al personaje aun
cuando a veces trata de darle tanta importancia vocal que pierde la impostación,
sonando un poco estridente en algunos de los agudos y con voz hablada en los
graves. Su Sempre Libera fue fiel al libreto; siguiendo las
indicaciones del Director de Escena Henning Brockhaus, actuo como cualquier
anfitriona que acaba de despedir a sus invitados y empieza a despojarse de sus
joyas y adornos capilares en forma natural, al quedar nuevamente sola en
casa. Más adelante su Addio del Passato sonó bien y convincente, aunque no
pudo dar el pianísimo del LA final. Son muy pocas las sopranos que pueden
dar un verdadero pianísimo en una nota aguda. Respecto a la dirección
escénica, la única nota discordante fue que Brockhaus contínuamente ponía a los
cantantes sentados en el suelo o cantando de rodillas, en posiciones poco
naturales.
Alfredo Germont corrió a cargo del tenor uruguayo Gastón
Rivero, cuya voz está experimentado una ligera metamorfosis saliendo del campo
extremadamente lírico, para entrar más al sonido spinto. Su aparición en
escena fue un poco tímida al principio, para dar lugar más tarde a una
escalofriante actuación en el concertante, donde demostró plenamente su
capacidad dramática. Sería interesante verlo en un Manrico o Enzo
Grimaldi. Tiene un timbre original que le puede ayudar
satisfactoriamente en su carrera.
Giorgio Germont estuvo
interpretado por el barítono también uruguayo, Dario Solari, cuya voz lírica no
podía atravesar la débil acústica robada por la escenografía y no convencía
mucho como un padre severo de quien se espera una voz de trueno. La joven
mezzosoprano Sarah Lambert cantó el papel de Flora mostrando poca experiencia
todavía. El tenor William Compton fue Gastone y el barítono coreano Renato
Song, que tanto se destacara en producciones anteriores de otras óperas puestas
por esta misma compañía, hizo un papel adecuado sin gran importancia. El
barítono húngaro Peter Ludescher desempeñó un modesto papel como el Marqués
D'Obigny y el bajo cantante mexicano Jesús Ibarra, apareció como el Doctor
Grenvil.
Esta producción de La Traviata indudablemente tiene
que ser lo más hermoso que jamás se haya presentado en ningún escenario, lo que
demuestra que siempre hay campo para inovaciones de alguna u otra forma, que
contribuyen a la larga vida de óperas tantas veces vistas que, sin embargo,
pueden dar cabida a inusitadas sorpresas.
Ximena Sepúlveda
Palm Beach,
Florida.
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