
ORFEO ED
EURIDICE
(C.W. Gluck)
The Metropolitan Opera
New York
City
En lo que parece ser la nueva tendencia de la Opera
Metropolitana de Nueva York, en buscar nuevas producciones que aporten
modernismo a las tradicionales puestas en escena de las óperas clásicas, nos
encontramos con esta versión del Orfeo de Gluck, en la cual es mejor cerrar los
ojos para poder apreciar la enorme belleza de su música. En el papel
principal estaba programada la gran mezzo Lorraine Hunt Lieberson, quien
trágicamente sucumbiera al cáncer que la aquejaba, privando al mundo de la ópera
de una gran intérprete vocal. Por primera vez un hombre asume este
personaje, y es así como el Metropolitan adjudica este rol a un contratenor en
vez de la acostumbrada voz de mezzosoprano. David Daniels hizo lo mejor
que pudo, pero Gluck había escrito esta ópera para el castrado Gaetano Guadagni
y su poderosa voz. Los contratenores cantan en falsete, sin apoyar la voz
en el diafragma y músculos abdominales y es por eso que el sonido no puede tener
el mismo volumen de una voz bien proyectada. Daniels es un gran
belcantista, pero se veía algo incómodo en este género. La intepretación
fue insípida y se perdió mucho de la belleza de su música, especialmente en el
aria "Che faro senza Euridice" que apareció inesperadamente, casi como parte de
un recitativo. Enfundado en oscuro traje brillante, con una guitarra que
le colgaba a la espalda, quizás semejando un rockero, le impedía libertad de
movimientos y en la escena inicial se encuentra relegado al fondo del escenario,
como figura secundaria. Es el cuerpo de danzas modernas quien se apodera
de la escena en general, con los bailarines girando coníinuamente en movimientos
bruscos y faltos de gracia y si no aparecen de negro, es de blanco. El
coreógrafo Mark Morris ya ha presentado varias veces este mismo cuerpo de danzas
en otros teatros, siendo ésta la primera vez que logra entrar al
Metropolitan. La producción de Orfeo estaba ausente de esta sala desde
hace treinta y cinco anos, y ahora se presenta en esta extraña
versión.
El voluminoso coro asume responsabilidades de primera
figura, acomodado en un semicírculo semejante a un anfiteatro y sus integrantes
están disfrazados de personajes de la historia. Agrupados en tres niveles,
se puede ver a Jacqueline Onassis, Marilyn Monroe, Lincoln, Eva Perón,
Shakespeare, Ghandi, Cleopatra, Nerón y cualquier otro que sea fácil de
reconocer. Las voces son buenas, pero los movimientos son de robot,
especialmente en el uso de las manos, que elevan en distintas poses que no se
entienden. Hay momentos de tedio en el que el espectador quisiera acelerar
la produccion para llegar a un punto que asemeje más una ópera que un estudio de
danza.
Heidi Grant Murphy se desempeña como Amor con una voz de
sopranino, ágil y sin fuerza. Aparece descendiendo del techo, evocando a
Peter Pan, con enormes alas a su espalda y vestida como chiquilín amorfo, quizás
queriendo representar a un travieso Cupido. Es de admirar el valor de esta
soprano quien confía en el arnés y equipo que la transporte de una altura de
seis pisos para aterrizar en el escenario con una sonrisa en sus labios.
Demasiado empeño en tratar de aparecer simpática.
Afortundamente la
Euridice de la soprano Maija Kovelesvska es realmente bienvenida. De
bonita presencia y con una gran voz, fuerte y melodiosa, se lleva los laureles
de esta producción. Una de las ganadoras de Operalia 2006, vemos que
subitamente ha escalado los peldaños del éxito, al presentarse tan rápido como
primera figura del Metropolitan. La maravillosa dirección de James Levine
y la gran orquesta, se pierden un poco con tanta distracción y tanto movimiento
en el escenario, que no permite concentrarse en el punto principal de una
ópera: Su música.
XIMENA
SEPÚLVEDA
Revista Pro-Opera
Óperacalli.com