SUOR ANGELICA

G. Puccini

(The Metropolitan Opera)

Nueva York  

Esta ópera de un acto que forma parte de la terceta Il Trittico y que no tuviera gran importancia en el pasado, se encuentra ganando fama ahora como parte del dúo de óperas cortas que se presentan en una sola función, desplazando en ciertas ocasiones al I Pagliacci (Leoncavallo) para acompañar a Cavalleria Rusticana (Mascagni), aunque no cuenta con el número de famosas arias que ostenta  la trouppe de payasos.  Debido a la contínua búsqueda de inovaciones para presentar las mismas óperas de los mismos compositores que aseguren un teatro lleno, son los directores de escena y vestuario los más ocupados en encontrar un cambio que rejuvenezca la rutinaria puesta en escena. 

Tal es el caso de Suor Angelica, donde Jess Goldstein (vestuario) decide que la mayoría de las monjas porten un hábito blanco que hará fuerte contraste con el negro absoluto de la Princesa, tía de Ángelica.   El escenario muestra el interior de un claustro resaltando la construcción de piedra y el patio interior del edificio en tonos grises y sombríos, pero mágicamente iluminados por Jules Fisher y Peggy Einsenhauer.  La acción ha sido transportada a 1938, mientras Puccini la terminara el 14 de Septiembre de 1918.  La moda no ha cambiado gran cosa ya que las monjas usan hábito y la tía Princesa se viste de riguroso luto, pero es un cambio al libreto.

Son los dos personajes principales los que dan vida a esta ópera, siendo las monjas un poco de relleno para decorar el escenario.  La orquesta  de James Levine se convierte en voz para comunicar toda la gama de sentimientos que un gran director puede lograr de sus músicos.  Pero, entre los papeles menos importantes resalta una soprano que sube los peldaños de la fama a pasos agigantados.  Se trata de Jennifer Black, originaria de Texas y egresada de la Escuela de Música de Yale.  Se ha presentado en varias óperas regionales y ahora aparece en el Met como participante del programa de jóvenes artistas.  Hizo una Suor Angelica espeluznante en la ciudad de New Haven, CT y aunque su actuación en esta ópera del Met ha sido mínima, vale la pena seguir su trayectoria en el futuro. 

La imponente mezzo Stephanie Blythe logra darle un toque humano a toda la maldad de su personaje, cuando se presenta en el convento para pedirle a Suor Angelica que firme unos documentos cediendo las propiedades heredadas de sus padres, a la tía que la criara a la muerte de sus progenitores.  La familia no pudo encarar la verguenza de una madre soltera y enviaron a la joven al convento, arrebatándole el hijo.  Ahora han transcurrido siete años y la joven madre pregunta por el niño, siendo informada que éste sucumbió a una enfermedad, a pesar de todo el cuidado prodigado por los médicos.  Las otras monjas se vuelven en contra de Ángelica, que acaba cediendo a la orden de la tía y firma los papeles.  Antes de retirarse, la princesa mira por un momento de soslayo a su sobrina con piedad, para cambiar la expresión por altanero orgullo, cuando pueda ser vista de frente.  

Ángelica ha sido la jardinera del claustro desde los primeros días que ingresara al convento y con el pasar de los años se convirtió en una experta bióloga, produciendo plantas medicinales y también venenosas, que celosamente cuida en un pequeño espacio.  Al saber de la muerte de su hijo, pierde la razón momentáneamente y extrae el veneno de una flor que chupa ávidamente, mientras se revuelca por el suelo. De pronto entra en razón y se da cuenta que ha cometido un pecado mortal que la enviará al infierno y suplica a la Virgen María que la perdone.   Antes de morir extendiendo sus brazos al cielo, aparece la figura fantasmal del hijo que la llevará al otro mundo, bajo una luz celestial y un perdón divino.  Es en el aria "Senza mamma" donde Barbara Frittoli representa el amor de madre que Puccini tanto admirara y su voz y actuación son tan  impactantes que hacen llorar al público.  Recibió merecida ovación  cuando salió a saludar, aunque todavía se hallaba en personaje, sin poder volver a la realidad y el sufrimiento permanecía en su rostro.  

Ximena Sepúlveda

Revista Pro-Ópera

ximena@operacalli.com